Lo que en realidad conquista a los visitantes que se acercan a la Casa de las Rejas no es tanto la originalidad estética del recinto, como el hierático misterio que expresa su arquitectura. A no dudarlo, el honor calderoniano —un honor definido a base de promesas grandilocuentes, cintarazos, mandobles y otros gestos del ritual de Cortes— puede reconocerse cabalmente en una escenografía tan expresiva como ésta, idónea para las efusiones dramáticas con final trágico. De la fachada, con todo, se deduce un curioso titubeo, pues la Casa y la vecina Posada de San Julián forman un solo edificio cuando en realidad parecen dos casonas distintas. El titubeo al que nos referimos lleva al observador a dudar entre el vigor caballeresco de la Casa y el reconfortante emblema de la Posada.
Pero centrémonos en el primer inmueble, pues su atractivo es muy superior. Hablamos de una edificación oscura, maciza, donde persiste ese matiz nobiliario gracias al magnífico blasón que ilumina la fachada. Pese a no estar atiborrada de adornos, esta última dispone de un ornamento muy apreciado: la rejería tradicional que da nombre al recinto. Se trata, por cierto, de un arte que prosperó durante el siglo xvi. Es en esa centuria cuando «la forja de rejas de los afamados maestros conquenses —escribe César González-Ruano— adquiere su máximo esplendor, e igualmente se fabrican armas de temple tan fino que compiten con las de Toledo» (Guía de Cuenca y principales itinerarios de su provincia, fotografías de Francisco Catalá Roca, Barcelona, Planeta, 1956, p. 18). Como es de rigor, el poeta y periodista subraya la calidad de los cuatro enormes ejemplares de forja conquense que caracteriza a esta sombría mansión.
De otro lado, y con cierta inclinación folletinesca, recuerda González-Ruano que varios autores decimonónicos forjaron una leyenda trágica que, por vía literaria, contribuye a mejorar la impresión de este edificio. El asunto le cuadraría bien a un personaje como el Otelo de Shakespeare, pues lo protagoniza un caballero que se toma venganza a causa de una infidelidad. De hecho, el impulso criminal también le obliga a matar a su escudero. Y es claro que en adelante, todo adquiere un tono desolador: el hidalgo se refugia en Flandes, pero no halla la paz, sino la muerte en brava pelea. «Se dice que el hermoso escudo que tiene el campo dividido, pero sin ninguna empresa, fue alisado por el verdugo de Cuenca mientras un hermano del parricida, promotor de la compleja tragedia, saboreaba el fruto de su intriga» (Ídem, p. 43).