Para un urbanista, los primores de una avenida son dos: la composición física de su trazado y la faceta que puede elegir el espectador como argumento que dé sentido al paseo. Puesto en ejecución, este precepto nos lleva a discutir con el mismo fervor el admirable horizonte arquitectónico de un bulevar y la alegría con que discurren por él los ciudadanos. En este género de expresión, por cierto, triunfa la calle de San Pedro, pues en ella cabe usar el adjetivo señorial en alabanza de la más elevada historia conquense. Pero, ¿de dónde nace este aire patricio que distingue a los muros y se cuela por los balcones? Aquí el visitante puede especificar una circunstancia principal: como sucede en los cascos antiguos de otras ciudades castellanas, acá se concentra un buen número de casonas y palacetes. La belleza de éstos, por otra parte, parece haberse extendido a los edificios adyacentes, de tal forma que los escudos, la madera claveteada y la maravilla que produce el original enrejado de los balcones, ventanas y portadas acaban por convertirse en rasgos de unánime descripción. En todo caso, es indudable el mérito aquí expresado por artesanos, alarifes y maestros de obras. La austeridad, tomada en máxima consideración, admite aquí las pasiones del esplendor.
Podríamos detenernos a averiguar las diversas fuentes de esta cortesanía, aclarando los lazos nobiliarios que otorgan protagonismo a cada edificio. «En sus escudos —escribe Pedro José Cuevas— se muestran la banda de los Sandovales; los jaquelados, de los Álvarez de Toledo; los calderos, de los Pacheco y Condulmario; la cruz de fuego, de los Alarcón; las gavillas, de los Centeno; las cometas, castillos y calderas, de Barba» (Cuenca, Editorial Alfonsípolis, Cuenca, 1999, pp. 170-171). Lo ideal de la hidalguía en esta parte del paseo se reconoce mejor citando jalones de la historia conquense. De otro modo, no es posible admirar debidamente edificaciones como el palacio de los Condes de Mayorga, también llamado de los Toreno, donde sabemos que habitó Enrique de Trastámara. El escritor y periodista César González-Ruano también lo ocupó, aunque no por razones de estirpe, sino por cortesía de las autoridades municipales, quienes también acomodaron en él a creadores como Carlos Saura. (Dicho sea a modo de digresión: el hermano de dicho cineasta, Antonio, buscó en Cuenca la inspiración y, a juzgar por su obra, parece claro que la halló generosamente).
Que ningún viajero lo ponga en duda: el mismo interés que el antedicho palacio requieren fachadas como la del antiguo Colegio de Jesuitas o la del viejo convento de Nuestra Señora de Guadalupe y de la Concepción. A los amantes de la confidencia esotérica les atraerá sin duda el trazo románico de San Juan de Jerusalén, desde donde pueden exponer las causas morales y mágicas de los caballeros templarios. Con esta intuición fabulosa se asegura, por lo demás, ese encanto que ejerce la calle sobre quienes la recorren sin otro prejuicio que el afán de ensueños.