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Cuenca

10. Barrio de San Martín

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No lograríamos componer certeramente este dédalo urbano aunque nos hallásemos frente a un mapa de los más detallistas. Al fin y al cabo, en el Barrio de San Martín la paradoja es un signo constructivo. Véase que las callejas van entrecruzándose, formando una tupida red que sólo deja espacio para los jardines, acumulándose y solapándose hasta alcanzar los abismos de la Hoz del Huécar. Aquí laboran energías populares —todo el barrio lo es— y los contenidos vivenciales impregnan cada fachada y se diseminan desde los balcones. El vértigo, cuando se presenta, es optimista e induce al pasmo. Pero aun dentro de la yuxtaposición de espacios, la estructura se expresa con mayor cautela al destacar ciertos puntos. Por ejemplo, los restos del templo de San Martín, cuyo ábside románico parece tener una intención artística completamente diversa al del resto de las edificaciones que proliferan en su entorno: ambiciosos murallones y escalinatas que parecen ideados por Escher o Piranesi. En cierto modo, la citada iglesia, aun en su estado actual, aquilata una esencia piadosa que le va bien a la espiritualidad local. «San Martín, obispo —añade Mateo López, con cierto escepticismo—, es iglesia de una nave, no muy grande; también está renovada, sin cosa notable que referir» (Memorias históricas de Cuenca y su obispado, recogidas y ordenadas por el autor en 1787, volumen I, edición de Ángel González Palencia, Biblioteca Conquense, tomo V, Instituto Jerónimo Zurita del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Ayuntamiento de Cuenca, 1949, p. 318).

Fernando Chueca, quien se hizo cargo de la restauración de la iglesia de San Martín, ha estudiado además la obra de otro arquitecto a quien le deben los conquenses parte de su identidad: José Martín de Aldehuela. «El arquitecto Fernando Chueca —escribe Federico Muelas—, con quien está en deuda Cuenca y que hace unos años ha repetido la aventura de Aldehuela (…) ha historiado este capítulo casi desconocido de la arquitectura española». Un capítulo que, al decir del poeta, «Cuenca debiera cuidar con el máximo celo, aun cuando ello le exigiera un sacrificio económico más» (Cuenca. Tierra de sorpresas y encantamientos, León, Editorial Everest, 1977, p. 58).

Otro templo deshabitado y casi irreconocible es la iglesia de Santa Cruz, a cuya vera ejercían su labor los residentes del Hospital y Colegio de Santa Catalina. Pedro José Cuevas recuerda que fue ésta una de las primeras iglesias conquenses: el cantero Joanes de Mendizábal, el Mozo, llevó a término las obras de remodelación en 1568, y dos años después se encargó de elaborar el ábside y la sacristía. A modo de fantasmagoría, lo que nos ha llegado de este edificio sugiere un pasado de fervor y celebración.

Sin conciencia aparente de sus límites, San Martín tiende a la desmesura, pero hay una ligazón telúrica —el apego a la orografía del cerro donde se alza— que logra articular el conjunto dentro de un plano unitario y coherente. El análisis más detallado de este dominio requiere, por lo demás, una explicación sociológica, la cual también tiene su pátina histórica. Entre los formidables vecinos del barrio, cita Cuevas al doctor Torralba, «de quien se dice que tenía un ángel llamado Zaquiel que le proporcionaba toda clase de informaciones y poderes» (Cuenca, Editorial Alfonsípolis, Cuenca, 1999, p. 191). Por lo que comentan los crédulos —entre ellos, Cervantes—, Torralba se encontraba en Valladolid el 6 de mayo de 1527, y el inefable Zaquiel o Çequiel accedió a trasladarlo a Roma viajando por la senda astral. Fue en dicha ciudad donde este sabio filoangélico contempló la entrada de la soldadesca española obediente a Carlos V: espectáculo de saqueo ciertamente descriptible y de difícil olvido. Como no hay beneficio mágico sin penitencia, la Inquisición procesó a Torralba el 6 de marzo de 1654, pero se ve que Zequiel lo protegió bajo sus alas, porque los inquisidores absolvieron finalmente a nuestro personaje.

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