Cuenca es una de esas ciudades con las que a los historiadores del arte les gusta instaurar un periodo singular. Algunos arquitectos parecen confiar en las soluciones más elocuentes, y no hay duda de que esta urbe también es un campo de pruebas para semejante variedad de alarifes. Se dirá: Cuenca no es únicamente eso. Pero lo cierto es que, aun sin los adornos más expresionistas —los zaguanes y las callejas, las casas colgadas, los frisos de piedra—, la topografía urbana se mantiene a la medida de un universo original, asimétrico y laberíntico. A algunos visitantes este modo de asomarse al vacío podrá parecerles de un temperamento casi tibetano. Un temperamento que, por decirlo de otro modo, sólo es apreciable en su justo valor con la ayuda del vértigo y con el realce de una peregrina hermosura.
Existe un lugar a propósito para situar este trazado: un cerro entre dos vaguadas que, al fin y al cabo, también remata el eje urbano al sobreponerse a las corrientes de los dos ríos que sajan el terreno. La gallardía de este dominio, por cierto, se corresponde con los épicos acontecimientos que detallan los romances locales. Y es que, gracias a la conspiración de sucesivas generaciones, el drama histórico se adivina aquí detrás de cada portal entreabierto. Es sobre todo desde estas zonas de penumbra desde donde más vívidamente cabe imaginar las figuras del pasado, pues contra las paredes aún se recortan sombras medievales o renacentistas, que hoy podemos intuir con asombro y de conformidad con lo antiguo. Esta inspiración melancólica, por otro lado, se muestra menos desvaída que de costumbre gracias al magnífico porte de los edificios conquenses, compendio de todas las virtudes de la arquitectura castellana. Para quien se sitúe en esta orientación constructiva, Cuenca viene a ser una armonía de líneas vigorosas y formas altaneras, eminentes en la variedad de sus propensiones.
De otra parte, la vida cotidiana tiene sus exigencias, y por ello estas edificaciones, aunque envejecidas y a veces quebradas por la barbarie del hombre, demuestran asimismo hasta qué punto los mercaderes, los guerreros y los místicos sostuvieron a lo largo de los siglos las virtudes características de la ciudad. Ciertamente, hay mucho de ese espíritu humano resumido en los blasones y antiguos rótulos que todavía hacen memoria de quienes fueron los lugareños más ilustres.
Antonio Enríquez Gómez (1600-1663) observó con justeza que Cuenca es una montaña poblada de edificios. Por medio de tan sucinta descripción, el autor de El siglo pitagórico no tenía más que abundar en alguna cita clásica para así definir las condiciones míticas de la villa. Realmente, nada parece más acorde con este escenario de leyendas que dos de los inmutables caracteres de nuestra ciudad. A saber: la audacia de sus maneras y el enigma de sus hechuras.