«Estoy bajo el mandato de la tea, en la que se apoyan las viejas construcciones; la casi humana tea, que, adaptándose, aquí se inclina, curva, retuerce; pero salva a la casa, cargada de hombros y de años, ¿años?, con sus siglos a cuestas, todavía en pie. Casa de adentros para arriba, para abajo, vertical, creciéndose en el eje del aire.
Ciudad de madera y yeso, de tea y de tiza. Tallada Cuenca orgánica, viva. Fosforescente. Marinera ciudad, viuda del mar, varada en la cruz de la Península, y de la que se ha dicho: isla; una isla de piedra, rodeada de piedra. Yo he visto –y lo he mostrado– el mar en Cuenca; allá en la alta noche. Desde los campos del Castillo, la vega del Moscas tomaba el aspecto de un puerto de mar: la niebla adensada en la hoz, rellenando el abismo; en lejanía las farolas, de reflejos cabrilleantes… Cuenca en medio, en el aire de agua, toda prismas de cristal erguidos, apretándose, las picas en el suelo».
Tomado de «Pasión de vértigo», en Cuenca. Tierra de sorpresas y encantamientos, Editorial Everest, León, 1977, p. 4.