El 6 de abril de 1994, un acto protocolario presidido por S. M. la Reina Sofía servía para inaugurar el Teatro-Auditorio de Cuenca. Por una de esas felicidades que provee la colaboración institucional, la apertura de este formidable foro fue viable gracias a un acuerdo que firmaron las autoridades del Ministerio de Cultura, la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, la Diputación Provincial y el Ayuntamiento. No lejos del casco antiguo, en la falda del Cerro del Socorro, el citado conjunto arquitectónico se eleva para orgullo de los lugareños, y en especial para gozo de los melómanos, quienes abundan de forma generosa por estos lares. Un detalle sirve para acentuar este matiz musical: quien se encargó del diseño, el arquitecto José María García de Paredes, ya había estampado su firma sobre los planos del Palau de la Música de Valencia y sobre los del Auditorio Nacional de Madrid. Con su habitual competencia, este artista garantizó la funcionalidad y la acústica que hoy son propias de la que, desafortunadamente, fue su última creación.
Por supuesto, las galas que adornan al Teatro-Auditorio son numerosas, pero no bastarían para dedicar un espacio a los vínculos entre la música clásica y nuestra capital. Las razones de este enlace figuran en otro dominio: el de la afición. Porque son muchos los conquenses que respaldan los ciclos musicales que tienen lugar en su ciudad, sean éstos de carácter orquestal o bien más propensos a la experimentación, en línea con las más recientes composiciones electroacústicas.
De todas las celebraciones que justifican este empeño, la que aventaja a las otras en popularidad es la Semana de Música Religiosa de Cuenca. Téngase en cuenta que hablamos del cuarto festival de música más antiguo de España, regido desde 2001 por una Fundación cuyo patronato integran la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, el Ayuntamiento, la Diputación, el Obispado, el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, la Caja de Castilla-La Mancha y la Fundación Caja Madrid.
La XLIII edición de este festival se desenvolvió entre el 2 y el 11 de abril de 2004. Además de elegir —con obvia dificultad— el sonido más apetecible entre los veintidós conciertos que finalmente compusieron la Semana, los asistentes tuvieron la oportunidad de recordar cómo surgió esta idea, allá por 1962. Según consta en la prensa de la época, el impulsor de aquella primera edición fue el gobernador civil Eugenio López y López, fielmente apoyado en este empeño por el alcalde Rodrigo Lozano. Un diario local, Ofensiva, comentaba el evento de forma entusiasta en su tirada del 17 de abril de 1962: «Hoy —proclamaba el redactor— dará comienzo en nuestra ciudad la I Semana de Música Religiosa, en la que vienen a converger tantas ilusiones y tantos afanes puestos para dotar a Cuenca, dentro de su incomparable marco urbano y en el ambiente de su excepcional conmemoración de la Pasión, de algo que está llamado a ser acontecimiento artístico de primera magnitud. Que ya lo es en el orden nacional, y aun nos atrevemos a decir que saltará, que saltó ya, más allá de nuestras fronteras» (cit. en José Luis Muñoz Martínez, «Sólo a Dios el honor y la gloria: RNE y los orígenes de la Semana de Música Religiosa de Cuenca», Radio Clásica, vol. XVII, n.º 4, abril de 2004, p. 13).
Tras la introducción de Federico Muelas, cronista oficial de la ciudad, actuó en dicha jornada inaugural el Coro de Radio Nacional de España bajo la dirección de Alberto Blancafort, intervinieron como solistas Ramón Sola y Antonio Cantero. Desde entonces, han sido numerosos los grupos de cámara, solistas y orquestas que han requerido la atención del público. Y lo más importante: aunque instalado en la intimidad de la música piadosa, el ciclo impulsado por Eugenio López ha crecido en prestigio. Tanto es así, que incluso parece sumergirnos de lleno en una comunidad internacional de melómanos, deseosa de compartir los esfuerzos y las fantasías de esta caudalosa iniciativa. Por otro lado, nadie puede discutir la belleza de los espacios elegidos para cada representación: el Teatro-Auditorio, la Catedral, las iglesias de San Miguel y Arcas, el antiguo Convento de las Carmelitas Descalzas, el Convento de las Religiosas Justinianas de San Pedro y el Monasterio de la Concepción Francisca.