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Cuenca

Cuenca y la literatura (1 de 5)

Toda la literatura influida por Cuenca presenta como rasgo esencial cierto grado de sorpresa, al cual se añade, tanto en longitud como en profundidad, el más intenso de los movimientos históricos. En este punto tenemos que referirnos a los ilustrados, pues ellos fueron unos testigos idóneos del avatar conquense. En 1772, el viajero francés Jean François Peyron daba por existente un carácter local que también había atraído, en torno a 1722, a don Antonio Ponz. Pero, sin duda, fue Mateo López (1750-1819) quien mejor lo supo expresar a través de la pluma en sus Memorias y relaciones históricas, topográficas, civiles y eclesiásticas de la ciudad de Cuenca, de su obispado y provincia (1787). Curiosamente, este escritor y arquitecto pone de relieve los intereses espirituales de Cuenca incluso en las severas imágenes que impone la geografía. No en vano, el suyo es un estilo ponderativo y sus elogios son de los que pueden ser proclamados en prosa. «La ciudad de Cuenca —escribe—, en Castilla la Nueva, cabeza de provincia, de Obispado, de partido, de inquisición y una de las de voto en Cortes de estos reinos y señoríos, está situada dentro de los límites de la antigua Celtiberia, a los cuarenta grados y nueve minutos de latitud, y a los catorce grados y treinta y cinco minutos de longitud, contados desde el Pico de Tenerife, en las Islas Canarias» (Memorias históricas de Cuenca y su obispado), recogidas y ordenadas por el autor en 1787, volumen I, edición de Ángel González Palencia, Biblioteca Conquense, tomo V, Instituto Jerónimo Zurita del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Ayuntamiento de Cuenca, 1949, p. 43).

Aparte de fijar los límites del mapa, López obtiene un valioso testimonio de la memoria local, y para ello se sirve de antiguos cronistas como Giraldo, canciller del rey don Alfonso VIII, y autor de la Historia antigua de la conquista de Cuenca (1212). Otras de sus fuentes pueden ser fechadas en siglos posteriores, avanzando por orden hasta el xviii. En grande o en menor escala, cita nuestro ingeniero los trabajos de autores como el arzobispo don Rodrigo, don Eustaquio Muñoz, el padre Juan de Mariana, el padre Francisco Escudero, el licenciado Baltasar Porreño, Gil González Dávila, el padre Jerónimo Román de la Higuera, don Francisco Pinel y Monroy, el padre Bartolomé Alcázar, fray Antonio de Santa María, don José López de Agurleta, el licenciado Riona, don Antonio Ponz, don Eugenio La Ruga y don Francisco Cerdá y Rico. Por medio de este repertorio, el lector puede hacerse una idea cabal de la importancia literaria de Cuenca, explicable no sólo por motivos históricos, sino por otro tipo de causas que iremos razonando a continuación.

El erudito Ángel González Palencia sondea la misma bibliografía y, de paso, menciona los papeles que fray Julián Zarco Cuevas reunió acerca de los libros y los escritores de Cuenca. Por desgracia, tales notas se perdieron en su mayoría durante la Guerra Civil. No obstante, aún podemos esbozar algo del sentido libresco que atañe al municipio. Nadie mejor para encabezar este inventario que el conquense Gil Álvarez de Albornoz, autor de las Constituciones eguidianas, las Constituciones en el sínodo diocesano y las Constituciones contra clérigos concubinarios. Paisano suyo fue el hidalgo Pedro Carrillo de Huete (1380-1448), responsable de la Crónica del Halconero (1420-1450), llamada con más acierto Crónica de Juan II de Castilla, pese a que nuestro personaje fuera Halconero Mayor del monarca. También vinieron al mundo en Cuenca Alfonso de Toledo, autor de Atalaya de las Crónicas; Alonso Chirino, conocido asimismo por sus actividades como galeno; y Fernando Nuño de Cuenca, capellán primero de Enrique III y escritor de una Crónica de dicho reinado.

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