Las más antiguas noticias sobre el enclave que llamamos Cuenca datan de un tiempo envuelto en la leyenda. De hecho, las opiniones no coinciden a la hora de dar nombre a la población que reposa bajo sus actuales cimientos. Al menos en el ámbito académico —cosa distinta es el fantaseo novelesco—, no acaba de hallarse el nombre definitivo de tal dominio, y mientras hay quien confirma que los iberos fundaron sobre este suelo la población de Kar, también salen a la palestra los profesores que subrayan muy distintas circunstancias: unos optan por el rótulo ibero de Anitorgis —también propio de Alcañiz—, otros prefieren usar el de Concava y aun el de Sucro. Reforzando una fórmula mitológica, Juan Pablo Mártir Rizo escribió que la ciudad fue «edificada el tercer año de la Sexta Olimpiada a veintiuno de abril, poco antes de las tres horas después del mediodía, estando Saturno, Marte y Venus en Escorpión, Júpiter en Piscis, el Sol en Tauro, la Luna en Libra» (Todo Cuenca y su provincia, Escudo de Oro, Madrid, 1992, p. 2). En fin, son cosas del Zodíaco y de don Juan Pablo, quien no en vano fue un sabio capaz de transformar cualquier legajo documental en argumento épico.
El asunto tiene, con todo, su misterio, sobre todo por la entraña social e histórica que implica el establecimiento de tales antecedentes. Naturalmente, al margen de fijar un nombre y un horóscopo para la vieja entidad urbana, conviene poblar de actores su escenografía. De entre ellos, los más bravíos y propensos a la leyenda fueron, sin duda, los lusones. Extraordinarios jinetes y buenos cazadores, estos lusones recuerdan a los tártaros que describió Marco Polo: a lomos de sus corceles, toda su educación moral era filtrada por los ardores de la contienda tribal. Podemos imaginarlos persiguiendo a lobos y jabalíes, blandiendo azagayas cual si fueran lanceros de la Edad del Bronce.
No eran muy distintos de aquellos lusones otros viejos habitantes de la zona, los lobetanos, quienes luego perdieron su identidad al ingresar, con armas y costumbres, en la gran familia de los celtíberos de la Citerior. Dicha etnia prerromana sólo dispone de una referencia literaria: Ptolomeo, el cual define las fronteras lobetanas al sudeste de las correspondientes a los celtíberos, y limítrofes con las que defendían los jinetes bastetanos. De todas formas, la topografía admite rectificaciones: al fin y al cabo, aunque se cree que difundieron sus poblados por el sur de Cuenca, también hay trazas de los lobetanos al norte de Albacete e incluso en la turolense Sierra de Albarracín. De sus costumbres poco se sabe, aunque podemos imaginarlos guerreando o participando en ceremonias mágicas. A buen seguro, fueron testigos de ese ciclo de violencia y ensalmos los cartagineses, y más aún los legionarios romanos que, ya en fecha posterior, se asomaron a nuestro territorio. Aunque de todo ello sólo nos quedan intuiciones y recordatorios arqueológicos, este encuentro entre paladines locales y foráneos no debió de ser tranquilo y tampoco acorde a las reglas del protocolo. Con todo, aun sin obviar su faceta coercitiva, se ve que la romanización cumplió sus plazos, logrando que Cuenca —o por mejor decir, su celtibérico antecedente— adquiriera el ritmo de la cultura latina. Atento a los yacimientos romanos que certifican este pasado, Pedro José Cuevas recuerda que, dentro de la geografía provincial, hallamos ciudades de la época como Segóbriga, Ercávica, Valeria, Egelasta (Iniesta), Urcesa (Uclés) y Opta (Huete). «En los alrededores de Segóbriga —escribe— eran cuantiosas las minas de piedra especular, yeso transparente que se ponía a modo de cristal en las ventanas. Se cultivaban el trigo y la cebada y abundaba el ganado caballar, bovino y lanar» (Cuenca, Editorial Alfonsípolis, Cuenca, 1999, p. 34).
¿Y qué decir de la formación de la ciudad? «No hay datos —escribe M.ª Ángeles Monedero Bermejo— que permitan asegurar una gran antigüedad a Cuenca. Los restos arqueológicos citados por autores del siglo xix, correspondientes a las épocas ibérica y romana, hallados en las proximidades de la ciudad, no permiten suponer sino una pequeña aldea en la edad Antigua» («Cuenca gótica», en Aurea de la Morena, ed., La España gótica. Castilla-La Mancha: Cuenca, Ciudad Real y Albacete, Madrid, Ediciones Encuentro, Junta de Comunidades de Castilla La Mancha, 1997, p. 95). En todo caso, hablamos de una tierra de aluvión, enriquecida por sucesivas identidades culturales y antropológicas.