Sobre el horizonte de Cuenca, entre declives y hondonadas, se proyecta una espesura de trazos, de líneas que hacen pensar en antiguas violencias de la tierra. Domado por la erosión, este dominio parece organizar seductoramente los repechos, las vertientes, los declives. En eso consiste su peculiar vértigo: el de sus edificios y el de quienes los habitan. Con todo, para hacer añicos la lógica urbana conviene adquirir un genio que abunda por estos lares. Lo supo ver Julián Marías cuando comprobó que Cuenca, tan escarpada como bravía, significa la dramatización urbana del paisaje. Al decir del filósofo, lo único que se asemeja a este enclave es Venecia, porque aquello que en la laguna veneciana «es el agua marítima, en Cuenca es el aire transparente y la distancia». Así, pues, no podemos admirar este rincón castellano sin combinar los signos acuáticos, bien por medio de la metáfora, bien acariciando físicamente el lecho de los ríos.
Esa proyección fluvial que observará el viajero en Cuenca conlleva una manera perentoria de imponerse al curso de dos importantes caudales. Aunque sólo fuera por esta cualidad, que muchas veces nos parece una ilusión dibujada con acuarelas, la ciudad merecería ser descrita como una suerte de ecosistema al gusto surrealista. Pero, en verdad, este municipio, según dijo Torrente Ballester, es indescriptible en términos literarios. O por mejor decir, es alucinante. Quizá, después de todo, esa condición inefable también le convenga a su agreste paisaje.
Sobre base tan alzada, pero con una propensión nada desdeñable al verdor, esta escenografía natural tiene una cualidad climática que la suaviza y favorece el bienestar de sus habitantes. No en vano, este dominio conquense corresponde al área que los meteorólogos engloban en el tipo mediterráneo templado. Quien lo desee, puede descifrarlo con otra clave, porque la lluvia interviene, sin lugar a dudas, en esa tenuidad de temperamento que suele predisponer líricamente a los biólogos. «Los árboles y arbustos mediterráneos, con la abundancia de agua —escriben Borja Cardelús, Susana Casado y Alfredo Ortega—, se encuentran poniendo a punto su maquinaria fisiológica e inician la foliación, que pinta de pálidos tonos verdosos los árboles ribereños, los quejigos, los melojos, los espinos…, los pastos reverdecen y los musgos que tapizan el suelo y las rocas rezuman humedad» (Un año en la vida de la España salvaje, Planeta, Barcelona, 1996, p. 30). Aclaremos, para evitar malentendidos, que esa mediterraneidad de la mancha boscosa que nos ocupa no es un concepto geográfico sino climático. De ahí que el término mediterráneo le cuadre a los bosques y matorrales conquenses, dotados de un innegable hechizo en periodos de lluvia como la primavera y el otoño.
Al margen de esta digresión, la realidad es que tales precipitaciones ayudan a moldear el paisaje de la provincia, hasta el extremo de otorgarle formas únicas y oportunamente atractivas. El ciclo de las aguas cumple su labor en la superficie caliza, esculpiendo de ese modo toda una variedad de caprichos geológicos. Por ejemplo, los mogotes, los festones y las hoces. Fenómenos sin duda insólitos, sobre los cuales hemos de dar cumplida (y aun poética) razón en las próximas líneas.
Comencemos por la hoz, descriptible como la angostura de un valle profundo, o como aquella estrechez que forma un río al adentrarse entre dos sierras. Este fenómeno se presenta en el panorama conquense por vía doble, pues acá existen dos hoces: la del Júcar y la del Huécar. Ambas aumentaron su prestigio gracias a Gerardo Diego, quien halló un venero lírico en este farallón rocoso que se alza entre los dos ríos. Al Huécar le asignó una faceta cosmogónica, y al Júcar, una cascada de significados que, al cabo, pueden traducirse en colores: «Agua verde, verde, verde, / agua encantada del Júcar, / verde del pinar serrano / que casi te vio en la cuna / —bosques de san Sebastianes / en la serranía oscura, / que por el costado herido / resinas de oro rezuman—». Nótese que este cromatismo de los ojos verdes y las verdes lunas, en su repetición gozosa, configura otra presencia, resuelta finalmente en sacrificio: «Álamos, y cuántos álamos / se suicidan por tu culpa, / rompiendo cristales verdes / de tu verde, verde urna» («Romance del Júcar», Hasta siempre (1925-1941), en Obras completas, tomo I, edición preparada por Gerardo Diego; edición, introducción, cronología, bibliografía y notas de Francisco Javier Díez de Revenga, Madrid, Aguilar, 1989, pp. 565-566). De igual modo, las bifurcaciones de la roca reiteran un drama inverosímil: el del viento que agita las aguas y alcanza a desfigurar la solidez pétrea. «La Hoz del Huécar —escribe Federico Muelas— es, como su río, retorcida, inquieta». Y aún más espectacular es la perspectiva de los edificios que se asoman a su tajo. «Hocinos [huertas] y caserones sienten la atracción del abismo y se asoman audazmente a la cortada atentos a la llamada sutil del leve caudal del fondo que no deja de murmurar» (Cuenca. Tierra de sorpresas y encantamientos, León, Editorial Everest, 1977, p. 32).