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Cuenca

Costumbres y artesanía (1 de 3)

Por medio del Patronato de Promoción Económica y Turismo, el calendario de fiestas conquenses queda ordenado para el visitante según el efecto que aquéllas han de producir en el ánimo. La variedad, el tono pintoresco y la expresión de las virtudes castizas son las cualidades que principalmente constituyen el mérito de tales celebraciones. Son asimismo notables en este ciclo festivo las alusiones piadosas. En los retazos que alcanza a conocer el turista se advierten no pocos destellos de fervor religioso, organizados dramáticamente para dar muestra de doctrina. No se trata aquí de averiguar en qué medida todos los lugareños comparten ese misticismo. Lo relevante es sólo probar que en tales festividades hay constantes alusiones al temario católico. Para empezar, éste sale a relucir cuando los fieles celebran el patronazgo de San Julián en la Catedral y en la ermita de San Julián el Tranquilo, situada en la Hoz del Júcar. Aún más bulliciosa es la festividad de San Mateo, que sirve para conmemorar el aniversario de la conquista de la ciudad por Alfonso VIII de Castilla. «La vista a Cuenca en estas fechas —escribe Francisco Gómez de Travecedo— resulta interesante, porque nos depara la ocasión de ver la auténtica fisonomía de un pueblo entregado a la alegría», y más aún, porque permite al viajero «presenciar un espectáculo singular e inolvidable: la corrida de vaquillas enmaromadas en la plaza Mayor» (Cuenca, Madrid, Publicaciones Españolas, 1959, pp. 9-10).

Por las mismas razones esgrimidas en el párrafo anterior, se funda en un motivo religioso la festividad de Nuestra Señora de la Luz, y lo mismo vale, aunque visto en una clave menos obvia, el Jueves lardero, previo al Miércoles de Ceniza. Tratándose en este último caso de un día de refrigerio campestre y broma carnavalesca, no extraña saber que su antecedente era un festejo que templaba los ánimos antes del recogimiento cuaresmal. Esta impresión alarga los hilos de la identidad local y queda solemnemente plasmada durante la Semana Santa. Consta en las crónicas que las primeras cofradías conquenses fueron promovidas por los hermanos agustinos y trinitarios, en torno al siglo xvii. Su historia, vista de forma panorámica, es también la de la propia ciudad. De su estética ya se han encargado pintores de renombre. «Solana —escribe Federico Muelas— pintó su mejor cuadro, Procesión en Cuenca, trayendo al lienzo, con fidelidad de notario pictórico, una de sus procesiones». Pero cree el poeta que las liturgias conquenses merecen otros pinceles, los de Doménikos Theotokópulos, «aquel griego que se enamoró de la custodia de piedra de Toledo y que, de haber conocido a esta otra custodia de piedra que es Cuenca, no hubiera salido jamás de ella» (Cuenca. Tierra de sorpresas y encantamientos, León, Editorial Everest, 1977, p. 74).

En la actualidad esa tradición concita el interés de numerosos visitantes, a la par que vertebra a la comunidad urbana mediante un generoso conjunto de fraternidades cuaresmales. Entre éstas, citaremos por su importancia a las siguientes venerables hermandades: la de Nuestro Padre Jesús Amarrado a la Columna, la del Bautismo de Jesús, la del Santísimo Cristo de la Luz, la de Jesús orando en el huerto o de San Esteban, la de la Santa Cena, la de Nuestro Padre Jesús Nazareno o del Puente, la del Santísimo Cristo de la Agonía y la de la Negación de San Pedro. La escenografía conviene a este despliegue y lo realza. No en vano, «las angostas callejas y las recoletas plazoletas de la ciudad antigua constituyen el sugestivo marco de los desfiles procesionales, cuyos pasos —de imagineros modernos como Capuz, Coullat Valera, Marco Pérez y otros artistas— son de singular belleza plástica» (Todo Cuenca y su provincia, Madrid, Escudo de Oro, 1992, p. 60).

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