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Cuenca

Arquitectura (1 de 5)

Arquitectura religiosa

Aunque el visitante advierta cabriolas de estilo en el urbanismo de Cuenca, no debe dejar de lado las señas de época que caracterizan a los conjuntos monumentales del casco antiguo. Cierto que el gótico, el barroco y el neoclasicismo hicieron acá sus votos mayores, pero no es menos verdad que los alarifes de anteriores periodos también se cuidaron de plasmar su huella. Al fin y al cabo, en lo que concierne a la arquitectura religiosa, Cuenca admite distintos rótulos. El primero de ellos es el románico, aunque expresado de forma leve y en zonas más bien distantes del municipio. Como la provincia no fue terreno reconquistado hasta el siglo xiii, sus edificaciones románicas adquirieron la reciedumbre y austeridad propias de las órdenes militares y de los usos cistercienses. Algo de ello se advierte en las iglesias de Albalate de Nogueras, Alarcón, Alcocer, Arcas, Cervera del Llano, Huete, Ribatajada, Valdeolivas y Valeria. Al decir de los especialistas, en este tipo de templos, humildes y poco ambiciosos, queda de manifiesto un estilo constructivo que tiene por patrón al monasterio guadalajareño de Monsalud.

Por fuerza, la arquitectura piadosa de la ciudad también tuvo que acomodarse a los rigores de la geología, que hizo de Cuenca un castillo natural. «Las hoces labradas por los ríos —escribe M.ª Ángeles Monedero Bermejo— constituían la principal muralla defensiva». En la zona norte, donde el terreno gana en altura y estrechez, «se alzó un castillo en la época del emirato, substituido por otro en el siglo x, del que queda el muro exterior». El segundo punto de referencia es el alcázar «que existió en el cerro de Mangana, a medio camino del recinto, desde el cual descienden dos calles principales hacia las desaparecidas puertas de Valencia y Huete, en cuyo entorno crecerá la ciudad». Dispuesta de ese modo la bifurcación, la catedral quedó emplazada muy oportunamente entre el castillo y el alcázar («Cuenca gótica», en Aurea de la Morena, ed., La España gótica. Castilla-La Mancha: Cuenca, Ciudad Real y Albacete, Madrid, Ediciones Encuentro, Junta de Comunidades de Castilla La Mancha, 1997, p. 95).

Cuenca crece tras la entrada de Alfonso VIII en 1177 y sus calles van poblándose con palacetes, conventos y ermitas. Sin duda, el Rey tiene ambiciosos planes para la ciudad reconquistada. «Al mismo tiempo —escribe Monedero— decide convertirla en cabeza de un nuevo obispado que se formará, como era habitual en este tiempo, en base a los que existieron en la zona en la época visigoda». En suma: los de Ercávica, Valeria y Segóbriga. Uniendo en uno solo los dos primeros, el monarca solicitó a Alejandro III la fundación del obispado de Cuenca. Añade la estudiosa que no fue ajeno a estos hechos el arzobispo de Toledo, don Cerebruno, «siguiendo un proceso restaurador de las diócesis visigóticas, desde la catedral primada, ya secular en Castilla» (ídem, pp. 95-96).

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