«[…] y creo que si Leclerq no fue ejecutado, sino meramente castigado con azotes, como pude establecerlo más tarde, ello se debió sin duda a la comprobada amistad entre él y el virginiano, de la cual podía inferirse, erróneamente por supuesto, un gran dolor en su corazón, sólo que Leclerq carecía de corazón y de entrañas, y se divirtió descuartizando a Beltrana igual que lo hubiera hecho despachándose un buen pernil de puerco, la verdad es, para los que quieran oírla, que desde su niñez, cuando vio suicidarse a su madre, a raíz de la muerte de su marido en la batalla de Las Dunas, en la cual había tomado parte como soldado del vizconde de Turena, un rencor incontenible informó su vida, y una rara sevicia sus peripecias de carnicero, sevicia que explica la forma como antes alentó esperanzas en Federico […]»
Tomado de Germán Espinosa, La tejedora de coronas Bogotá, Alianza Editorial, 1982, pp. 492-493