Las distintas formas de la piratería americana son propias del período comprendido entre la primera mitad del siglo xvi y la primera mitad del siglo xviii. En estos años la figura del pirata constituyó un símbolo de la época, exaltado por novelas y leyendas. Es preciso aclarar que hay diferencias entre piratas, corsarios, bucaneros y filibusteros. El pirata, por ejemplo, robaba por cuenta propia en el mar o en sus zonas ribereñas. Era el enemigo número uno del comercio marítimo. Se movía por su ambición y afán de lucro y no discriminaba ningún país a la hora de sus asaltos. Este se encontraba al margen de la ley en cualquier país. En su mayoría los piratas eran de origen humilde, miserables, delincuentes, vagabundos, desertores o proscritos que llegaban a la piratería por necesidad. El corsario, en cambio, era un marino particular, contratado y financiado por un Estado en guerra para causar pérdidas al comercio del enemigo y provocar el mayor daño posible en sus posesiones. Aceptaba las leyes y usos de la guerra y ofrecía una fianza en señal de que respetaría las ordenanzas de su monarca. La actividad corsaria finalizaba al momento de firmarse las paces entre las potencias beligerantes, aunque muchos corsarios continuaron hostilizando al enemigo en tiempos de supuesta paz.
Los ingleses John Hawkins y Francis Drake fueron los grandes personajes que señalaron la aparición del corsarismo en la América del siglo xvi. Glorificados por la literatura se convirtieron en símbolos de esta actividad. Propiamente americanos fueron los bucaneros y los filibusteros. Los primeros aparecieron desde 1623 en partes deshabitadas de La Española, que poseía gran cantidad de ganado cimarrón. Estos personajes cazaban el ganado, que luego era asado y ahumado (bucan), labor que les valió el epíteto de bucaneros. Más tarde, muchos de ellos se hicieron piratas, aunque continuaron autodesignándose bucaneros, mientras otros siguieron dedicados a la caza y venta de productos ganaderos. A estos no los amparaba ningún gobierno. No eran hugonotes, ni anglicanos, ni calvinistas, ni católicos, y podían serlo todo sin que nadie les dijera nada por ello. Eran rebeldes que vivían al margen de la civilización. Fueron propios del Caribe y del segundo cuarto del siglo xvii, período que coincide con el declinar del Imperio español, que difícilmente pudo controlar las depredaciones en el vasto mundo isleño.
Cuando los bucaneros abrazaron abiertamente la piratería se transformaron en filibusteros, fenómeno exclusivo del Caribe que tuvo su momento más importante en la segunda mitad del siglo xvii. La principal guarida de los filibusteros fue la pequeña isla Tortuga, ubicada al noreste de La Española. Merece destacarse la conformación de la Cofradía de los Hermanos de la Costa, agrupación gremial masculina que asoció a los filibusteros con la finalidad de garantizar a sus miembros el libre ejercicio independiente de tal profesión. No existía la propiedad individual sobre tierras y barcos, considerados bienes comunales. Los miembros de la cofradía sólo eran propietarios de sus pertenencias y de una parte del botín. Cuando alrededor de la última década del siglo xvii se empezaron a perder estas costumbres comunitarias esta asociación desapareció. El filibusterismo fue aprovechado por los países de Europa Occidental en su pretensión colonialista. Les brindaron refugio y ayuda a cambio de la cual se convirtieron en serviles a sus propósitos.
La aparición de las grandes riquezas de oro y plata en América despertó la codicia de los enemigos de España. Para participar del botín y romper el monopolio hispánico, distintos gobiernos y compañías comerciales europeas se valieron de los corsarios y piratas. La existencia en Europa de mucha población pauperizada proporcionó los hombres que, atraídos por los metales preciosos, el espíritu de aventura, la defensa de sus principios religiosos o la simple búsqueda de la libertad, conformaron las dotaciones de los «perros del mar». Asimismo, la debilidad del imperio ultramarino español favoreció el éxito de numerosas incursiones piratas que, a su vez, estimularon a otros a seguir el ejemplo. Las colonias no sólo carecían de un suficiente número de hombres y fortificaciones, sino también constituían un espacio geográfico muy extenso, lleno de refugios e islas difíciles de vigilar.