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Cartagena de Indias

11. Iglesia de Santo Domingo

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Esta hermosa iglesia está localizada en el ángulo que forma la plaza de Santo Domingo y el callejón de los Estribos. La diócesis de Cartagena fue erigida cuando apenas hacía un año de la fundación de la ciudad. A partir de entonces, comenzaron a construirse templos e iglesias, como demostración de la misión evangelizadora de los religiosos venidos de España.

Este es el templo más antiguo de Cartagena, cuya construcción se terminó en 1559, gracias a los esfuerzos del obispo de la diócesis, Fray Jerónimo de Loayza. Sin embargo, la construcción no se realizó de manera continua y regular, debido a lo costoso de la obra y a la constante penuria de los frailes dominicos. Por lo menos su edificación registra cinco etapas diferentes.

Cuando el templo estaba por concluirse, los padres se dieron cuenta de que los cimientos de la construcción religiosa no eran del todo sólidos, y que por su causa la aledaña calle de Nuestra Señora de la Luz corría el riesgo de hundirse. Para darle firmeza y evitar catástrofes, los frailes ordenaron levantar unos contrafuertes al interior de la iglesia y una serie de estribos sobre la calle de Nuestra Señora de la Luz, hoy callejón de los Estribos.

Desde este callejón se aprecia la fachada trasera de la iglesia de Santo Domingo, que destaca por detentar el aspecto más español que ofrece esta reliquia colonial. El conjunto de detalles arquitectónicos de este rincón cartagenero evoca las calles más típicas del viejo Madrid.

La iglesia de Santo Domingo, por su proximidad al mar, tiene el ábside fortificado, como ciertas iglesias mejicanas del siglo xvi. En su fachada destaca su portada, que consta de dos cuerpos de columnas de orden dórico rematadas por un frontón, al estilo del renacimiento español del finales del siglo xvi; y cuenta con dos torres. En 1739, la torre del lado del Evangelio sufrió severos daños durante el ataque del almirante Vernon a Cartagena.

Cuenta la tradición que cuando estaba por terminarse la construcción de las torres de la iglesia, el diablo se empeñó en que aquellas torres no debían ser levantadas. Así que un día, el demonio se apareció en la Plaza de Santo Domingo, frente a la iglesia, y dando un olímpico brinco alcanzó una de las torres. Colgado de ésta, comenzó a sacudirse a fin de derribarla. Para su mala fortuna, la torre había sido muy bien construida y no se desplomó. Sin embargo, los vecinos dicen que desde aquel día la torre está un poco fuera de su base y algo torcida.

Entonces, el diablo herido en su orgullo descendió y de un salto se sumergió en el pozo que existía en medio de la plaza, y del que se aprovisionaban de agua las mujeres para sus labores domésticas. Dice la leyenda que después de ese día las aguas del pozo tomaron un sabor azufrado, por lo cual fue necesario clausurarlo.

En efecto, esta torre-campanario presenta un apreciable desnivel con la fachada, y ésta con el testero o ábside. Sin embargo, de acuerdo con las investigaciones de los arquitectos, la fachada está rasante con la línea de la calle, que es la misma desde 1594, y que la torre se construyó a escuadra con el claustro y no con la fachada.

La iglesia consta de una gran nave central acompañada de capillas laterales. En su interior sobresale el arco chato del coro; las lápidas sepulcrales del pavimento, actualmente cubiertas con ladrillos; así como el altar mayor de estilo moderno, tallado en mármol y procedente de Italia, según proyecto del arquitecto Gaston Lelarge. Entre sus imágenes religiosas destaca el Cristo de la Expiración.

En la fachada, los dominicos dejaron su impronta en símbolos como el escudo de la orden, ubicado sobre la portería, y en la representación de los perros con que soñó la madre de Santo Domingo de Guzmán, localizados sobre el frontón.

La iglesia de Santo Domingo cuenta también con un convento, cuyo claustro es de imponente elegancia y data del siglo xvii. Este convento fue testigo de las vigilias y trabajos que soportó el padre Fray Braulio de Herrera, el misionero católico y prior del convento de Santo Domingo, al tratar de engrandecer su misión apostólica en esta ciudad. El convento también sirvió de centro de reclusión durante la temprana República. En efecto, a principios de 1864 llegó a Cartagena desterrado por el general Mosquera, el Arzobispo de Bogotá, don Antonio Herrán, a quien las autoridades le dieron por cárcel las celdas del convento de Santo Domingo.

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