Este bastión, llamado originalmente Baluarte de los Moros, está ubicado en un costado de la casa de los Jesuitas y es obra de Cristóbal de Roda.
Cuando fue terminado hacia 1630, los cañones de San Ignacio apuntaban hacia la bahía de las Ánimas, la misma que hoy acoge el tráfico de cabotaje, y que entonces se extendía por todo el playón. Por tanto, su misión era desalentar cualquier intento contra el muelle o contra las riberas y contribuir al cubrimiento de Bocagrande (otra entrada a la bahía de Cartagena).
No obstante, este propósito se vio amenazado cuando la Compañía de Jesús construyó su colegio en la cortina contigua. En efecto, la vecindad entre una edificación religiosa a una obra militar generó toda suerte de disputas, que finalmente fueron dirimidas por la Corona española, mediante la orden de construir, por cuenta de los jesuitas, una cortina de muralla nueva unos metros más adelante, dejando entre la nueva y la antigua un paso de ronda, o vía para vigilar desde la fortificación.
Las cortinas son aquellos tramos rectos y escarpados de un «frente de plaza» que une dos baluartes, en este caso entre los de San Ignacio y San Francisco Javier.
Una vez construida la cortina se hizo necesario desplazar el baluarte hacia las proximidades de la iglesia de San Ignacio, de donde tomó su actual nombre. Posteriormente, en 1730, el ingeniero Juan de Herrera y Sotomayor le da al baluarte de San Ignacio su actual dimensión y le anexa una garita, al tiempo que rescata su rampa de acceso.
Desde la casa-colegio de los Jesuitas (hoy Museo Naval) se puede apreciar este bastión en todo su esplendor.