Cartagena de Indias es una de las ciudades hispanoamericanas que mejor conserva el pasado colonial.
La situación privilegiada de la bahía donde se encuentra, favoreció su desarrollo y la convirtió en uno de los principales puertos de enlace entre España y sus colonias americanas.
También es cierto que la clave de su prosperidad se debió a otro factor nada desdeñable; el oro de las tumbas de la cultura sinú que Pedro de Heredia descubrió en los valles cercanos a sus ríos.
La entrada a la ciudad estaba protegida por la isla de Tierra Bomba; se llegaba a ella por estrechos canales: Boca Grande y Boca Chica. Hacia el norte, una bahía más pequeña de difícil acceso servía de fondeadero a la ciudad.
Protegida por sus monumentales murallas, Cartagena de Indias fue consolidando una variada cultura, enriquecida en sus primeros años por el mestizaje inevitable entre españoles e indígenas, y después por la presencia de los africanos esclavizados, y por comerciantes de otras latitudes, como los árabes conocidos como turcos, que en el siglo xix cambiaron su paisaje instalando comercios donde ofrecían exóticas mercancías a los pobladores.
Tesoro de leyendas, la hermosa ciudad colonial guarda memoria de los asaltos de los piratas y del temido Tribunal de la Inquisición que sacrificó a más de una esclava acusada de hechicería. La poderosa orden de los dominicos decidía sobre la vida de los pobladores, e imponía una religiosidad severa que le daba a la ciudad un aspecto conventual ajeno al carácter de sus pobladores.
Por esa riqueza cultural, por la belleza de su arquitectura, por sus cálidas playas y por los beneficiosos vientos de la tarde, que alivian al viajero de los rigores tropicales, Cartagena de Indias es en la actualidad una de las ciudades más visitadas del Caribe. Seducen sus atardeceres dorados, el paisaje marino, la belleza de sus gentes, como las palenqueras que ofrecen la rica variedad de los frutos de la tierra; el colorido de los frutos, que en el muelle de los Pegasos deleitan al viajero con refrescantes y exóticos zumos; y el lento discurrir de las horas al abrigo de sus imponentes fortificaciones.