Cartagena de Indias ha estado muy presente en la memoria de los colombianos. Durante la época de la Colonia, por la importancia del puerto desde donde entraban las mercancías y las novedades de la metrópolis; por ser también el lugar a donde llegaban los barcos cargados de africanos que se vendían como esclavos en la plaza de mercado; y por las leyendas de los condenados en el tribunal de la Inquisición, entre quienes se encontraba más de una esclava acusada de hechicería.
Durante el periodo de la Independencia, fue un enclave fundamental, ya que tanto patriotas como realistas conspiraban allí, a la espera de las noticias en el puerto. Tras la Independencia, perdió gran parte de su esplendor, pero volvió a cobrar una relativa importancia con la celebración del Primer Centenario de la Independencia.
Hasta hace unos años, el evento más importante era el «Reinado Nacional de Belleza» que se celebra el 11 de noviembre. Los medios de comunicación nacionales se vuelcan sobre la ciudad. Y es que la fiesta está hondamente arraigada en el folclore popular, con sus desfiles de carrozas y los imaginativos trajes de las candidatas, siempre acompañadas de los impecables cadetes de la Escuela Naval.
Tras la finalización de las fiestas, la ciudad volvía a la calma característica de los pueblos de la Costa Atlántica colombiana. No obstante, desde que fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, Cartagena ha vivido una asombrosa transformación. Ya no es la vieja y decadente ciudad colonial que Luis Carlos López mirara con nostalgia. En la actualidad es un magnífico polo de atracción turística, pero también centro cultural de relevancia internacional. Anualmente celebra el Festival Internacional de Cine y su Centro de Convenciones recibe a jefes de Estado y personalidades del mundo de la cultura y de las empresas.
La ciudad es en definitiva una síntesis de varias tradiciones culturales, fundamentalmente las hispánicas, las africanas y las indígenas americanas, que han aportado su manera de estar en el mundo. Salta a la vista la belleza de sus gentes, la capacidad para el diario ejercicio de vivir, porque los lugareños ofrecen con generosidad los productos de su tierra, al tiempo que nos acompañan con su alegría.