«Ah, estos buenos frailes dominicos —escribe Pedro Pérez Valenzuela— que tienen la peregrina pretensión de hacer la conquista de la Verapaz, esa tierra bravía e indomeñable, sin otras armas que la cruz y el rosario. Se han paseado por la región de Cobán y Rabinal sembrando la semilla del Evangelio el ardentísimo fray Bartolomé, fray Luis Cáncer y fray Pedro de Angulo. Aquí en Almolonga ha quedado solo, en su pobre convento que por su fábrica es todo humildad, fray Rodrigo de Ladrada» («Don Juan, cacique en la ciudad», en Canturías a Santiago (Crónicas), Editorial José de Pineda Ibarra, Guatemala, 1967, p. 92). Por medio de esta cita, nos hallamos de nuevo ante una de las figuras paradigmáticas de la crónica colonial: el dominico Bartolomé de las Casas, defensor de los aborígenes de América y apóstol de las Indias, nacido en Sevilla en 1474 y muerto en Madrid en 1566.
La inquietud del religioso por el estado de indefensión de los indios, unida a su constante preocupación por el entramado teológico y legal que él mismo ligó a este amparo, condujeron su vida y definieron su posteridad. De muy joven, Las Casas combatió junto a las milicias que en 1497 sofocaron un alzamiento de los moriscos granadinos. En 1502 tomó la ruta de las Indias en un navío que desembarcó en La Española. Tras diversas peripecias en su vida de colono, volvió a Europa en 1506, decidido a concretar su vocación espiritual, y en Roma recibió el diaconado. Cuando regresó a la Colonia, experimentó una creciente desazón ante el mal trato recibido por los indígenas, derivado del vigente sistema de encomiendas. Los cardenales Cisneros y Adriano de Utrecht, quien luego sería Papa con el nombre de Adriano VI, atendieron sus denuncias, pero la investigación subsiguiente quedó malograda. Tiempo después, Las Casas indicó la necesidad de introducir esclavos negros en América, para, de ese modo, liberar de su yugo a los indios. Aunque tiempo después reconoció su error, el religioso propició con sus opiniones la trata de esclavos africanos.
En 1520, el rey Carlos I sancionó una Capitulación lascasiana para poblar la costa desde Paria (Venezuela) hasta Santa Marta (Colombia), pero pese a lo avanzando de este plan que reconocía la libertad de los indígenas, el diseño no alcanzó sus objetivos. Deprimido por tan escaso éxito, en 1522 el religioso ingresó en la Orden de Predicadores. En 1529 el obispo de México, fray Juan de Zumárraga, y el de Tlaxcala, fray Julián Garcés, lo designaron como renovador de los dominicos en México. Gracias a su constante defensa de las ideas a favor de los aborígenes, el papa Paulo III promulgó en 1537 una bula en la cual declara a éstos calificados para experimentar la fe cristiana.
Por esta época, Las Casas puso en práctica su idea de la evangelización pacífica en la región guatemalteca de Tuzulutlán. Estas experiencias convencieron a Carlos I, quien comprendió que para la dilatación de la religión cristiana y la conversión de almas no era precisa la conquista por las armas, sino la persuasión y el ejemplo. Como resultado de la intervención del fraile y de otros que pensaban como él, se promulgaron las Leyes Nuevas de Indias el 20 de noviembre de 1542. Un año después, se convirtió en obispo de Chiapas, donde prosiguió su lucha contra las encomiendas. En 1550 participó en la Junta de Valladolid, donde polemizó con Juan Ginés de Sepúlveda.
Sin duda, su obra más influyente fue la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, que concluyó en 1543. Aunque de muy benéfica influencia en lo que se refiere a la situación legal de los indios, esta obra también sirvió para divulgar algunos de los estereotipos que cimentaron la Leyenda Negra española y que asumieron posteriormente los movimientos indigenistas.
Bartolomé de las Casas.