¿Puede algún antigüeño imaginarse el pasado de la Universidad sin recurrir a la literatura? Al fin y al cabo, sólo la evocación más personal, la más alejada de los términos puramente historiográficos, sigue intentando embellecer, mediante una interpelación insistente, la secuencia del quehacer universitario a lo largo de los siglos. En La mocedad distante, César Brañas escribió estos versos que nos sirven de ejemplo:
Bajo de aquellas bóvedas vacías
y entre de estas severas columnatas
estudié somnolientas teologías
y cánones, latín, ciencias exactas…
Aquellos nobles claustros pontificios
de San Carlos oyeron mi disertos
y de mi pasos trémulos e inciertos
el son de mis ahíncos dando indicios,
repasando los clásicos romanos,
comentando a Horacio y a Virgilio
en las montañas líricas de idilio
de los tiempos lontanos.La Antigua Guatemala en la poesía. Antología, CCCLA, 2000.
Ciñéndonos a la prosa, recordemos a ese truhán llamado José Pérez, apodado Perica, a quien se le ocurrió la mañana del 6 de febrero de 1681
«ir a fastidiar a los estudiantes de la universidad lo cuenta Pedro Pérez Valenzuela, cantándoles a la puerta endemoniadas coplas de horrible sabor mundano, de esas que ponen el ánimo en camino de perdición. Salieron los bedeles y salió el guardián a ahuyentarlo, pero el terco de Perica no hacía caso ni de los unos ni del otro. Fingía irse, y volvía presto con nuevas canciones, que sabía muchas, todas de donosa picardía».
«Algareros eran los estudiantes», en Canturías a Santiago (Crónicas), Editorial José de Pineda Ibarra, Guatemala, 1967, p. 56.
Y aún sigue el relato, que por falta de espacio preferimos no reproducir, pues la sola cita ya basta para invitar a la lectura de tan gozoso cuento.
Otro relato, esta vez adornado con los prestigios de la Historia, se lo debemos a José Joaquín Pardo, Pedro Zamora Castellanos y Luis Luján Muñoz, responsables de ordenar con buen criterio académico esta crónica universitaria. Se inicia el informe en 1581, pues fue entonces cuando el Ayuntamiento pidió a la Corona que se estableciera una universidad en Guatemala. Con un claro mensaje hacia sus sucesores, el obispo Francisco Marroquín dejó a su muerte un legado destinado a la fundación de un centro de estas características. La Real Cédula precisa para este cometido se hizo pública el 31 de enero de 1676, y el 17 de agosto de 1677 la fundación ya era un hecho. El 6 de junio de 1680 Su Majestad dispuso una nueva cédula en la cual don Francisco de Sarassa y Arce, a la sazón Oidor y Alcalde de Corte en la Real Audiencia, era encargado de redactar los estatutos universitarios. El 5 de enero de 1681 comenzaron los alumnos sus labores estudiantiles, y el 18 de junio de 1687, el papa Inocencio VI confirmó la fundación de la Universidad y también las facultades de ésta. Tras el terremoto de 1751, los daños sufridos por la construcción recomendaron un traslado institucional. A las órdenes del ingeniero don Luis Díez de Navarro, se llevaron a cabo las obras del nuevo centro, que fue completado el 4 de junio de 1763. A causa de los nuevos destrozos originados por los terremotos de 1773, las autoridades dispusieron su traslado a la nueva capital en 1777. La vieja universidad pasó entonces a ser empleada con nuevos criterios. Durante el siglo xix sirvió de escuela pública y también de biblioteca, y en la siguiente centuria albergó el teatro municipal. Con un fin más ajustado a su prestigio, en 1936 se alojó entre sus muros el Museo de Arte Colonial (Guía de la Antigua Guatemala, Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala, Editorial José de Pineda Ibarra, Guatemala, 1969, pp. 132-138).