No hay duda de que la historia de la Casa Popenoe hubiera sido del gusto de Manuel Mujica Lainez, tan propenso a las telas tendidas en los claustros, las escabrosidades del espíritu, los pretéritos amores y una grandeza antigua, de orden clásico. El personaje que quizá hubiera sugerido una novela del escritor argentino lleva por sonoroso nombre el de Luis de las Infantas Mendoza. Consta en los cronicones que el citado llegó a Guatemala hacia 1632, y no en manos del Destino, sino en las de la Administración colonial, no menos imprecisa en lo que toca a la fortuna de los hombres. Como Oidor de la Real Audiencia, don Luis debía cumplir labores de fiscal, aunque su trayectoria se enturbió. Tanto es así, que la residencia que lo alojaba la misma que motiva estas líneas pasó a escenificar su arresto domiciliario. Dato curioso: el edificio era llamado Casa del Capuchino porque, según dicen, un esbelto ciprés oscilaba en el centro del patio.
Merced a una paulatina decadencia, la vieja casa perdió colores y encantos. Fue por un asunto de dinero, aunque los informes no son precisos. Tras ser objeto de un remate en 1738, la ruina se adueñó del solar, y sólo el buen gusto del doctor Wilson Popenoe invirtió el proceso y espantó a los fantasmas que ya eran dueños de la quinta. Tras adquirir en 1929 la Casa del Capuchino, Popenoe organizó su restauración, por lo demás muy laboriosa y extendida a lo largo de varios años. El propio benefactor dejó por escrito los detalles del arreglo, incluyendo alguna curiosidad, como se deduce de la nota siguiente:
«Fue de sumo interés el descubrir que no se habían empleado clavos en el techado y artesonado originales: las vigas habían sido atadas únicamente con correas de cuero».
Citado por Elizabeth Bell, La Antigua Guatemala: La Ciudad y su Patrimonio, 1999, p. 161.
Al indagar en las cualidades de este recinto, el texto original de Popenoe enfoca con más intensidad el plano típico de la casa antigüeña, dispuesta en torno al patio central que le es característico. No obstante, si bien el visitante hallará en la Casa Popenoe las señas habituales del hogar colonial, Luis Morales Chúa asegura que no es algo extraordinario, pues hay más edificaciones como ésta:
«conservadas, las coloniales son algo así como residencias “superespaciosas”. Grandes patios, habitaciones de 49 metros cuadrados; en fin, de dimensiones que solamente un rico propietario puede mantener».
«Antigua, ciudad de las perpetuas rosas», en Antigua, fotografías de Daniel Gluckmann, Ediciones de Cultura Hispánica, 1991, p. 18.
Por descontado, preferimos la riqueza que Popenoe exhibe al gran público: su colección de pinturas y obras de arte, los muebles coloniales que ocupan los dormitorios y el atractivo utillaje de la cocina.
En su nivel más alto, hay en la casa un palomar y una terraza que permite admirar las bellezas de la capital. Desde ese mirador, cabe imaginar cómo eran Antigua y sus habitantes durante la segunda parte del siglo xvi. Como es natural, ese espectáculo urbano no sólo atañe a la población pudiente, perseguidora de altos fines en la Colonia. También incumbe a quienes fueron sus servidores. De seguir los datos revelados por Christopher H. Lutz, podremos confrontar la realidad de las castas independientes, ocupantes de los márgenes menos favorables de la periferia, con las castas dependientes que vivían en el casco español de Santiago,
«es decir, las que pertenecían a un hogar español, sea como esclavos (en el caso de algunos mulatos), criados, o en condición de contrato».
Historia sociodemográfica de Santiago de Guatemala, traducción de Jeannie Colburn, Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica, Guatemala, 1984, p. 145.