Esta imagen representativa del centro antigüeño tiene una fecha ilustre: 1541. Fue entonces cuando, usando la escuadra y el compás, el ingeniero don Juan Bautista Antonelli diseñó su trazado geométrico, lo que le permitió completar esa greca sencilla que forman las calles de la ciudad colonial. Naturalmente, no hay plaza que carezca de una estatua principal: en este caso se trata de una beneficiosa fuente, construida por orden municipal en 1739. Como es sabido, este espacio ha tenido importantes estudiosos y no menos importantes favorecedores. Arreglos y cambios al margen, algo que no está sujeto a enmienda es la medida del lugar: 112 metros de norte a sur y 115 de oriente a poniente, o dicho en palabras de González Bustillo, 138 varas de oriente a poniente y 134 de norte a sur.
El mencionado cronista ha ilustrado lo que fue la Plaza Real en sus tiempos de esplendor. Acerca de sus ángulos, dice que se componen:
«el primero, de la espaciosa portada de Catedral, y Palacio Arzobispal; el segundo, de los pórticos del Real Palacio, donde estaba la sala de audiencia, capilla de acuerdo, cárcel de corte, y vivienda del señor Superintendente de Casa de la Moneda; parte del tercero, que enfrenta con el antecedente, ocupa la casa del Ayuntamiento; y lo restante como también el cuarto ángulo se compone de diferentes casas de particulares».
«Razón particular de los templos, casas de comunidades, de edificios públicos…», 16 de mayo de 1774, Apéndice en Julio García Díaz, Destrucción y traslado de la ciudad de Santiago de Guatemala, Facultad de Humanidades, Universidad de San Carlos de Guatemala, 1968, pp. 63-64.
Añadamos, por otra parte, la presencia de lugareños, unas veces de paso y otras con intención comercial. Para designar el tipismo de este rincón, no está de más recurrir a la estampa de las mujeres indígenas, ataviadas con esa blusa rectangular que llaman huipil, y adornando sus cabezas con el pañuelo que recibe el nombre de tzute. Si bien es verdad que nuestra actitud al citar estos detalles de color local es la de confirmar las tradiciones de la plaza, lo cierto es que sus modificaciones han sido objeto de polémica. La expresión de esta controversia figura en un texto de Rafael Vicente Álvarez Polanco, quien exclama:
«¡Cómo ha cambiado!, o mejor dicho, ¡cómo me la han cambiado!; cada autoridad, queriendo darse lustre, la ha cambiado a su gusto y su manera, y como para gustos, es la de no acabar la cosa, en cuanto a fisonomía o a adorno se refiere; tanto que ahora, diz que hay nuevos planos, igual que aquél, ¿a cuál aquél yo les pregunto?, ¿o puede ser de alguna época que más gustó?; pues en tratando de describirla, habría que traer una persona de cada año de su larga vida que contara y describiera».
Antigua por los siglos de los siglos, Departamento de Actividades Literarias de la Dirección General de Formación, Promoción, Extensión y Difusión Cultural del Ministerio de Cultura y Deportes, Editorial Cultura, Guatemala, 1987, p. 82.
El mismo cronista, tan seguro de que los antecedentes históricos suelen desvanecerse cuando nadie los reclama, censura ciertas expresiones que vienen usándose para nombrar la plaza y sus aledaños. Por ello nos recuerda que:
«en Antigua no hay Parque Central, aquí hay una hermosa Plaza de Armas, Plaza Mayor o Plaza Real; no existen calzadas, aquí tan sólo y por siempre amplias alamedas».
«Los nombres y títulos son congénitos a una Ciudad, y nadie puede arrogarse el derecho de alterarlos», La Hora, Guatemala de la Asunción, 22 de noviembre de 2002.