Dice Alberto Manguel que cada edificación plantea un argumento que nos involucra como espectadores y en el que nos involucramos como moradores. En el caso de la parroquia de La Candelaria, cabe proyectar en ella las cualidades de su feligresía, un elemento identificador de primer orden. Tomamos de Christopher H. Lutz un detalle que clarifica este perfil: el asentamiento indígena llamado de Santo Domingo y antiguamente de Málaga «llegó a llamarse el barrio de La Candelaria por la ermita indígena de Nuestra Señora de La Candelaria, la cual se convirtió en la cuarta parroquia de Santiago en la década de 1750» (Historia sociodemográfica de Santiago de Guatemala, traducción de Jeannie Colburn, Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica, Guatemala, 1984, nota, p. 154). Antes de consolidarse como parroquia de los cristianos mayas, sus muros habían acumulado una larga experiencia, estimulante a ese respecto que defiende Manguel. Ya en 1548 el obispo Francisco Marroquín mandó que se alzase la ermita en lo que era el sector noroeste de la ciudad. Desde que acabó su construcción en 1550, la afluencia del vecindario indígena fue constante, a tal extremo que aún en 1690 se oían misas en idioma pipil.
En 1615, tras comprobar algunas carencias, ordenó su reforma el presidente de la Real Audiencia, gobernador y capitán general Antonio Peraza Ayala Castilla. El proceso, muy benéfico en todo sentido, solventó no pocos problemas y dotó al templo de un admirable altar mayor. Aproximadamente un siglo después, se vio que era necesario emprender nuevos arreglos. Gracias al impulso de fray Francisco Ximénez y fray Domingo de los Reyes, la fachada adquirió nuevos ornamentos. En la actualidad, es posible disfrutar con sus diseños florales en estuco, y asimismo con ciertos detalles decorativos de inspiración mudéjar.
Como sucede con las fachadas de otras ermitas, la inestabilidad telúrica también ha dejado su sello en Nuestra Señora de la Candelaria. Santiago Sebastián López indica que semejante inseguridad no sólo atañe a la composición de fachadas, sino a la altura de las torres, en las que suele evitarse el diseño verticalista patente en lugares como Ocotlán. Por consiguiente:
«cuando se quiso elevar una torre fue preciso dotarla de una base de anchura adecuada o reemplazarla por monumentales espadañas. En general, puede decirse que la masa no sólo se aprecia en la concepción de los monumentos en sí, también en los elementos, como los soportes, que son anchos y rechonchos».
«Arte iberoamericano desde la colonización a la independencia», en Summa Artis, vol. XXIX, El arte iberoamericano del siglo xviii: El barroco tardío, Espasa Calpe, Madrid, 1985, p. 294.
Esta caracterización general propuesta por el tratadista es particularmente oportuna en el caso de la Candelaria. El seísmo de 1717 derribó el templo, que fue reconstruido gracias a fray Francisco Ximénez. Este proceso comenzó en 1718 y concluyó en 1722, pero el terremoto de 1751 ocasionó nuevos daños. En 1754 la ermita se convirtió en parroquia. Por desgracia, sus muros no resistieron los movimientos telúricos de 1773. Un informe contemporáneo hace balance de los daños en los términos siguientes:
«La parroquia de la Candelaria escribe Juan González Bustillo, dice el ingeniero [teniente coronel Antonio Marín] haberse caído en la mayor parte; y el escribano Sánchez expresa no haber dejado el primer estrago, en que repetirlo los de la tarde del 13 de diciembre».
«Razón particular de los templos, casas de comunidades, de edificios públicos…», 16 de mayo de 1774, Apéndice en Julio García Díaz, Destrucción y traslado de la ciudad de Santiago de Guatemala, Facultad de Humanidades, Universidad de San Carlos de Guatemala, 1968, p. 66.