Íntimamente ligado al crecimiento de Antigua, el proceso que condujo a la formación del monasterio de Santa Catalina explica qué extremos alcanzó la pujanza religiosa en la capital. Como verá el lector, este asunto es fácil de elucidar: dado que el número de religiosas que ocupaban el convento de la Inmaculada Concepción se había multiplicado, fue preciso recurrir a un nuevo proyecto conventual para el realojo de algunas de sus habitantes. La correspondiente licencia permitió en 1609 que cuatro hermanas procedentes de la Concepción fundasen el convento de Santa Catalina Virgen y Mártir. A los muchos talentos de ese primer grupo de religiosas hay que atribuir el impulso que tomó en lo sucesivo la comunidad. De hecho, en 1631 ya convivían en el monasterio 52 monjas y un número igualmente elevado de novicias. El 15 de septiembre de 1647 dispusieron de un templo, inaugurado por el obispo Bartolomé González Soltero. Pero eso no es todo: la buena suerte siguió sonriendo a las hermanas, y en 1693 idearon una ambiciosa ampliación para la cual precisaban el cierre de la calle a la que daba el monasterio, incorporando al cuerpo de éste unas viviendas que antes fueron de Juan de Alarcón y Francisco de Contreras. En ellas tenían previsto erigir un colegio, pero ante la negativa municipal con respecto a la clausura de la calle, se propuso como solución alternativa el llamado Arco de Santa Catalina, a través del cual era posible pasar desde el convento hasta la nueva escuela de novicias. Aunque los resortes de la burocracia no favorecieron las obras, al fin quedó concluido el arco en junio de 1694. Tres años después el número de monjas en estas instalaciones ascendía a 110. No obstante, pese a tal acrecentamiento, medio siglo después el conjunto de religiosas se había reducido a 49 (Elizabeth Bell, La Antigua Guatemala: La ciudad y su patrimonio, 1999, p. 111).
Aparte de ese arco tan singular, Luis Luján Muñoz destaca otro elemento más discreto, aunque de admirables proporciones. Dice el historiador que en el patio conventual
«subsiste una fuente ochavada, a la que se añadieron gradas y tazón para completarla, llevándola al nivel del empedrado original, así como diversas fuentes menores en lo que fueran jardines, si bien éstas permanecen actualmente bajo tierra».
Fuentes de Antigua Guatemala, Consejo Nacional para la Protección de la Antigua Guatemala, Editorial José de Pineda Ibarra, 1977, p. 30.
Tanto estos detalles como otros que habían ido incorporándose al diseño original sufrieron particularmente con los terremotos de 1773. Así lo reseña en su informe Juan González Bustillo:
«En el [convento] de Santa Catalina dice el ingeniero [teniente coronel Antonio Marín], que halló arruinado su templo y en la mayor parte las celdas, y que amenazan un riesgo inminente los fragmentos, que quedaron desplomados».
«Razón particular de los templos, casas de comunidades, de edificios públicos…», 16 de mayo de 1774, Apéndice en Julio García Díaz, Destrucción y traslado de la ciudad de Santiago de Guatemala, Facultad de Humanidades, Universidad de San Carlos de Guatemala, 1968, p. 73.
Dos años después de esta catástrofe, quedaba abandonado el monasterio, ocupando su recinto varias viviendas privadas. Entre lo que aún se conserva, sobresalen algunos vestigios de los muros del templo y el claustro principal del convento. Gracias al corregidor José María Palomo y Montúfar, el arco fue objeto de un temprano arreglo, tras el cual fue nuevamente inaugurado en 1853. Por lo demás, en los márgenes de lo que antaño fue recinto religioso cabe hallar en la actualidad un establecimiento hotelero, una discoteca, un bar y asimismo viviendas privadas.