En su formulación más habitual, las casas de Antigua siempre retienen algo del lustre de la Colonia. Pero esa imagen, en tanto que promesa de un pintoresquismo que atrae al turista, satisface un punto de vista limitado y a veces puede incitar al encogimiento de hombros. Desconfiando del tópico usual en las guías de viaje, cabe hallar significados más profundos entre los intervalos de color que separan una vivienda de otra, y por ello preferimos aludir aquí a una categoría que defendió con profundos argumentos el arquitecto Kisho Kurokawa en su monografía Intercultural Architecture. The Philosophy of Symbiosis, The American Institute of Architecs Press, Washington DC, 1991. En opinión de Kurokawa, la arquitectura más eficaz tiende a fomentar la inclusión de elementos en lugar de excluirlos mediante el diseño de zonas estancas. Por ese camino, el barroco puede ser interpretado desde un punto de vista ambiguo y plural, dado que propicia una diversidad de explicaciones ante su gramática constructiva. Sin aludir a efectos más complejos, próximos al estudio de los espacios fractales, puede interpretarse con parecida intención la arquitectura doméstica antigüeña.
«Casas de una sola planta con escasas ventanas y pocas puertas se unen, prolongándose una junto a la otra, en una línea que delimita la calle, el espacio privado del espacio público».
«Antigua. Modelo de Ciudad Hispanoamericana», en Javier Aguilera Rojas, Antigua. Capital del Reino de Guatemala, Secretaría de Estado de Cultura, Madrid, 2002, p. 108.
Integrando la naturaleza en su interior, esas viviendas de colorida fachada se articulan en torno a un patio y ofrecen, de cara al exterior, un aspecto homogéneo, a veces redundante, estable y sin desgarros en su contigüidad. Mediante la fluctuación, el color dibuja límites y cesuras, aunque siguiendo al filósofo Michel Serres, podríamos decir que aquí el concepto principal bien puede ser el solapamiento.
De modo más próximo a la crónica de costumbres, Antonio Bonet recuerda cómo, en 1774, el padre Cadena decía que en las casas de la ciudad no sólo se atendía a cuestiones como el abrigo o la comodidad, sino también al recreo, la grandeza y la ostentación. A excepción de la Casa de las Sirenas (1762), diseñada con dos pisos de altura, estas viviendas eran de una sola planta, y disponían de
«amplios patios en la parte de estar de la familia, con fuentes y plantas y un patio secundario en la zona de la servidumbre (…), además de cuadras para los caballos y el carruaje»
«Ciudad y arquitectura en Guatemala. Siglos xvi, xvii y xviii», El país del quetzal. Guatemala maya e hispana, Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior, Madrid, 2002, p. 129.
Como un ejemplo válido de lo que fueron estos hogares antes del terremoto de 1773, en el número 40 de la calle del Cementerio aún se alza, previsiblemente reconstruida, la vivienda de don Pedro de Landívar y Caballero, padre del poeta Rafael Landívar, quien nació entre sus muros y da nombre al enclave. Entre los elementos originales cabe mencionar un salón abovedado y los muros. El resto es, en buena medida, fruto de la remodelación y embellecimiento que se requieren para conmemorar al ilustre vecino.