Como corolario del orden arquitectónico establecido a partir del recinto catedralicio, la iglesia y el convento de Santa Teresa, regido por la Orden de las Carmelitas Descalzas, fueron construidos entre los años 1677 y 1687 por el maestro José de Porres.
«La fachada de la Iglesia de Santa Teresa destaca Aguilera Rojas, conserva, a pesar de los destrozos producidos por los terremotos, una serena belleza. Sus formas renacentistas son las que se hicieron características de la arquitectura antigüeña: puerta rehundida bajo un arco, gran ventana-hornacina y dos cuerpos con tres calles separadas por intercolumnios».
(«Antigua. La Ciudad de Dios», en Javier Aguilera Rojas, Antigua. Capital del Reino de Guatemala, Secretaría de Estado de Cultura, Madrid, 2002, p. 153).
Sin duda, sirve esta cita para expresar el estado general del templo, aún visitado como ejemplo de belleza renacentista.
En el orden estético, descrito con ánimo impresionista, son patrimonio de Santa Teresa una singular elegancia de factura y un claro temperamento religioso, iluminado por cierta luz mística que constituye la substancia general del templo. Antes que nada, hay un gran despliegue de talento en los rasgos menores que puede convertirse en tema de admiración. Ideas sugerentes que probablemente barajó, en alguna de sus visitas, el japonés Kôhei Yasu (1844-1917), llamado en Antigua Juan J. De Yas y fundador en 1895 del primer estudio fotográfico de la ciudad.
«Después de haber hecho más de una vuelta al mundo escribió el artista, Dios me envió a esta pintoresca ciudad de Antigua Guatemala donde pido hospitalidad por los siglos de los siglos y por toda la eternidad.»
Cit. en Sara Martínez Juan, Antigua Guatemala, Ediciones Júcar, Madrid, 2002, p. 55.
Ante el pórtico de Santa Teresa, podemos imaginar al fotógrafo, situando su trípode frente a las ruinas, conmovido por la solemnidad del entorno, intentando captar con más sutilidad los claroscuros y finas gradaciones de la piedra.
Sin duda, bien lejos estaba de imaginar nuestro personaje que un día iban a emularlo cientos de turistas armados con cámaras automáticas, deseosos de plasmar sobre el papel fotográfico alguna que otra pervivencia de la monumentalidad colonial.