Como heredero del legado artístico de su progenitor (el arquitecto Sebastián Ramírez), José Manuel Ramírez desarrolló su obra a mediados del xviii. En su admirable currículo figuran creaciones tan destacadas como la Universidad de San Carlos y el Colegio Tridentino. A la misma escuela, típicamente dieciochesca, y a dicho autor vincula Santiago Sebastián López:
«la iglesia de Santa Rosa, obra quizá más tardía, y en la que las pilastras estranguladas por numerosos astrágalos alcanzan un gran desarrollo; persisten los frisos manieristas convexos y otros elementos arcaizantes de la tradición antigüeña».
«Arte iberoamericano desde la colonización a la independencia», en Summa Artis, vol. XXIX, El arte iberoamericano del siglo xviii: El barroco tardío, Espasa Calpe, Madrid, 1985, p. 299.
En cierto modo, tales elementos de belleza arquitectónica responden a una evolución estilística, aún más inteligible si se atiende al proceso que condujo a la traza final.
Una dama de altura, doña María Gómez, posibilitó su puesta en marcha como beaterio para doncellas faltas de recursos económicos, entre 1570 y 1580. La advocación que le dio nombre al edificio fue la de la primera patrona de la comunidad, santa Catalina de Siena, aunque ese detalle forma ya parte de las crónicas. A efectos prácticos, importa más el primer arreglo que afectó al conjunto arquitectónico, allá por 1677. A resultas de la evolución propia de una comunidad de esta índole, las beatas solicitaron un voto de gran incidencia en sus vidas; la clausura, que les fue impuesta a partir de 1766. En lo sucesivo, leer, tejer y orar fueron las tres actividades más frecuentadas por las religiosas, cuyo hábito blanco motivó que se llamara a éste el beaterio de gentes blancas.
En 1720 acabaron las obras de edificación de la iglesia. Al describir su fachada, dice Elizabeth Bell (La Antigua Guatemala: La Ciudad y su Patrimonio, 1999, pp. 130-131) que en la franja superior sobresale la figura de santa Rosa de Lima, coronada de rosas y portando entre sus brazos al niño Dios. Otras figuras de interés en este plano son las un dominico con un modelo de la iglesia, a quien Bell identifica con san Jacinto de Polonia o con el teólogo y canonista español San Raimundo de Peñafort, que por cierto vivió entre 1175 y 1275. Aparte de un dominico con un instrumento musical, a quien cabría identificar con san Vicente Ferrer, completan el repertorio hagiográfico san Francisco y santo Domingo. También aparecen aquí varios de los arcángeles reconocidos por la tradición del papa san Gregorio Magno: Miguel porta una pluma, Rafael aparece con un pez y Uriel con una antorcha. Como dato curioso, cabe apostillar que este último no figura en los textos canónicos, sino en el apócrifo Libro de Esdras. Al cabo, este es un detalle más que añadir a la exuberancia decorativa e iconográfica del lugar. Por lo demás, la causa de que cayese de la ventana central una figura de la Virgen María hay que atribuírsela a los seísmos de 1976.
También aquí el visitante observará los síntomas de antiguos terremotos. Aunque los arquitectos pensaron en acrecentar el vigor de edificios como éste, los muros quebrados sobre sí y las ruinas, siempre y por doquier, demuestran el fracaso de tal empeño. Es natural que se requiera mucha cautela a la hora de citar el número de reconstrucciones necesarias para enfrentarse al poderío de la naturaleza.
«Como fondo las ruinas escribe Manuel Alvar. Hoy son ruinas, pero un día fueron bellísimo testimonio de vida menestral y urbana. Se está construyendo un gran templo. La fábrica está muy adelantada y los planos diversos nos dan la vida de lo que aquel trabajo fue. La iglesia es espléndida, pero necesita el fervor de muchas voluntades. Nada merece desdén, sino todo acogimiento.»
«Evocación de la Antigua Guatemala», en Antigua, fotografías de Daniel Gluckmann, Ediciones de Cultura Hispánica, 1991.