Aunque ello no suponga originalidad ni ennoblecimiento, conviene señalar al principio que la iglesia de Santa Lucía, pulcra y de un arte acabado, superó a duras penas el seísmo de 1717 y sucumbió, al igual que tantos otros templos, al más feroz terremoto de 1773. Se sabe que la parroquia fue luego trasladada a San Sebastián, de modo que su anecdotario no alcanza el grado de importancia que es el mínimo para ocupar las primeras páginas de los manuales. Sin embargo, aun estando determinado por tales circunstancias, el templo merece cierta consideración por el lugar que ocupó, durante cierto tiempo, en la cotidianidad de los lugareños. Un ejercicio que ya hemos propuesto en otros apartados consiste en imaginar, a partir de los indicios que nos han llegado, el impulso vital que animó espacios como éste. En ello seguimos a Alberto Manguel cuando dice que, al leer imágenes, sean pintadas, esculpidas, construidas o de cualquier otro jaez, les agregamos la temporalidad propia de la narrativa (Leer imágenes, traducción de Carlos José Restrepo, Alianza Editorial, Madrid, 2002, p. 29).
En el caso de Santa Lucía, la sensación que inspira su fachada, un tanto modesta y serena, y ese doble campanario que remata su semblante, tiene mucho que ver con los ritos de mayor incidencia social. Por ejemplo, si pensamos en lo que fue la administración del sacramento matrimonial en tiempos de la Colonia, este recinto configura una idónea escenografía. Claro que, puestos a hacer recuento, a ese prefacio feliz ha de seguirle una argumentación prejuiciosa; y es que, según puntualiza Christopher H. Lutz, la distancia social que separaba a castas y grupos étnicos complicaba sobremanera los enlaces. Así, las uniones entre indígenas y mestizos fueron más habituales durante el siglo xvii que durante la centuria siguiente. Por su parte, el ascenso social de los mestizos tuvo su reflejo en un mayor número de casamientos con españoles, tanto antiguos como nuevos. Por consiguiente,
«la frecuencia tan baja de casamientos de indígenas con españoles, únicamente se puede explicar por la gran distancia social que separaba los dos grupos».
Historia sociodemográfica de Santiago de Guatemala, traducción de Jeannie Colburn, Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica, Guatemala, 1984, p. 291.
De todos modos, al margen de estos rigores clasistas, cabe regresar al alzado de Santa Lucía para fantasear sobre lo que debieron de ser las ceremonias de boda en la sociedad colonial.
Sobre esta evocación concertada de antemano, hemos de incluir algunos datos históricos. Dicen los cronistas que el origen de Santa Lucía se sitúa en 1542. Por disposición de Francisco Marroquín, la ermita fue construida con el propósito de que pudieran participar en la liturgia los primeros habitantes y constructores de Santiago de Guatemala. Debió de suscitar grandes admiraciones el rito que se celebro el 21 de julio de 1543, Día del Corpus Christi, cuando se trajo hasta el nuevo templo la arquilla con la custodia, a modo de símbolo del traslado de las autoridades eclesiásticas a la nueva ciudad. Con ello, la edificación quedaba transformada en una suerte de catedral
«mientras se construía la que serviría en propiedad como tal. Así la iglesia de Santa Lucía quedó al cuidado de un prioste, sirviendo además como parroquia».
José Joaquín Pardo, Pedro Zamora Castellanos y Luis Luján Muñoz, Guía de la Antigua Guatemala, Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala, Editorial José de Pineda Ibarra, Guatemala, 1969, p. 236.
Lástima que, como ya quedó dicho, perdiese luego esa y otras dignidades con el simple, repentino y abrumador deslizamiento de una falla tectónica. Muy probablemente, los feligreses y curiosos que hoy la visitan hubieran deseado conocerla antes de que iniciasen su ciclo los terremotos.