La índole de los talleres de escultura e imagineros de Antigua, tal como hoy los estudiamos, es análoga a la de aquéllos que desarrollaron su labor en los restantes virreinatos. «Entre otros escribe Santiago Sebastián López hay que mencionar a Juan de Chávez, activo a mediados del siglo xviii; a una dinastía de escultores perteneció Matías España, que murió en 1800 y cuya vida se extendió a lo largo de tres cuartos de siglo; en las Capuchinas trabajó Juan José de Mérida, al que se sabe activo de 1729 a 1756. El retablo de Santa Ifigenia y sus tres imágenes las realizó en 1766 Juan de la Astorga con destino a la iglesia de la Merced» («Arte iberoamericano desde la colonización a la independencia», en Summa Artis, vol. XXIX, El arte iberoamericano del siglo xviii: El barroco tardío, Espasa Calpe, Madrid, 1985, p. 307). Otro escultor de interés fue Alonso de Paz, una de cuyas obras motivó la edificación de San José el Viejo.
Al igual que otras ermitas e iglesias, es bien de notar que ésta también fue erigida con el fin de exhibir una talla o escultura altamente apreciada por la feligresía. En este caso se trató de la imagen de San José, elaborada por Alonso de Paz y adquirida por doña María Corral Eguizábal. Tras la correspondiente autorización municipal, José López de Hurtado inició las obras en 1740, empleando en el proyecto fondos provenientes de El Tortuguero, un barrio que iba a verse muy beneficiado por la capilla. Aunque ese proceso indica hasta qué punto arraigó la iglesia de San José en el vecindario, lo cierto es que la burocracia no supo estar a la altura de las circunstancias. El 11 de diciembre de 1742 el Ayuntamiento solicitó a Felipe V que diera su aprobación de la dedicatoria del templo:
«mas como no había precedido licencia en cumplimiento del Real Patronato, Su Majestad, por cédula de 2 de junio de 1744, ordenó la clausura del referido templo, disponiendo además, que el Fiscal de la Audiencia, que no se había opuesto a la construcción, fuera multado».
José Joaquín Pardo, Pedro Zamora Castellanos y Luis Luján Muñoz, Guía de la Antigua Guatemala, Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala, Editorial José de Pineda Ibarra, Guatemala, 1969, p. 233.
Añádase que en 1759 el pleito llegó a la Real Audiencia, y que en 1761 el templo era ampliado para su formal inauguración el 20 de febrero de 1762.
Seguimos la reseña de Santiago Sebastián López, quien describe la intervención en esta obra por parte de José Manuel Ramírez entre 1740 y 1761. El templo, como otros de su estilo, consigue por el recorte de sus formas efectos claroscuristas. Es de una sola nave:
«con serie de contrafuertes y vigorosa fachada a los pies, en la que se revela un nuevo tratamiento de los elementos decorativos en orden a lograr un original sentido barroco».
«Arte iberoamericano desde la colonización a la independencia», en Summa Artis, vol. XXIX, El arte iberoamericano del siglo xviii: El barroco tardío, Espasa Calpe, Madrid, 1985, p. 298.
Tras el terremoto de 1773, las monjas carmelitas de Santa Teresa ocuparon las instalaciones de San José, que en el xix se convirtieron en curtiduría. Tan arbitrario uso continuó en 1930, cuando estas paredes sirvieron a modo de almacén de grano. Contraviniendo semejante decadencia, en 1990 la Fundación Granai & Townson dispuso que se efectuase una cuidadosa restauración.