Reuniendo cuanto se ha escrito en torno al complejo jesuítico, no hallamos una descripción más ajustada que la propuesta por el teólogo Antonio Vázquez de Espinosa en su Compendio y descripción de las Indias Occidentales (1620):
«La Compañía de Jesús es fundación moderna en esta ciudad, ha tomado excelente sitio y grande junto a la plaza, donde con gran prudencia y gobierno labran famosa iglesia y dormitorios; tienen estudios de gramática y arte como los demás, y para el sustento muy buenas rentas».
David L. Jickling, ed., La ciudad de Santiago de Guatemala por sus cronistas y viajeros, Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica, 1987, p. 13.
A buen seguro, una ráfaga descriptiva como ésta, muy típica del cronista, no basta para contentar la curiosidad del lector, y por ello añadiremos algunas precisiones.
En la rigurosa acepción de la palabra, el origen de este monumento es una Real Cédula del 9 de agosto de 1561, donde se explicaba la necesidad de fundar un convento de jesuitas en Antigua. Con ese propósito, el Ayuntamiento encomendó al jesuita Juan de la Plaza que iniciase en 1580 las gestiones para edificar un colegio. Aunque éste se fundó el 12 de febrero de 1582, la inauguración del templo adyacente hubo de esperar hasta el 18 de julio de 1626. Desplegando orgullosamente sus novedades, una nueva iglesia fue erigida en 1689, desafiando así los temblores que habían dañado el viejo templo. La grandeza no es un asunto baladí en este caso. Sabemos que el acto de dedicación se llevó a término el 5 de diciembre de 1698, y que el constructor, José de Porres, trazó un diseño impresionante, que en la práctica, y una vez ampliado, llegó a abarcar toda una manzana (José Joaquín Pardo, Pedro Zamora Castellanos y Luis Luján Muñoz, Guía de la Antigua Guatemala, Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala, Editorial José de Pineda Ibarra, Guatemala, 1969, pp. 176-179).
Aparte de la composición de la portada, interesa el empleo de la policromía, que Antonio Bonet menciona a propósito del ornato interior y externo de los edificios antigüeños:
«Los ornamentos vegetales planos y con incisiones menudas resaltan sobre fondos vivos azules y amarillos de tinta plana. En algunos edificios, como la iglesia de la Compañía de Jesús, la pintura, de pequeños motivos florales, daba una policromada animación al exterior del templo».
Antonio Bonet, «Ciudad y arquitectura en Guatemala. Siglos xvi, xvii y xvii», El país del quetzal. Guatemala maya e hispana, Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior, Madrid, 2002, p. 128.
Volviendo a las letras, es cierto que esta edificación ha hecho soñar a los literatos que han exhumado alguno de los lances que en ella se vivieron. Así lo expresó Pedro Pérez Valenzuela en uno de sus pasajes:
«Y cuando las campanas de los templos principiaran a tañer, se reunirían los conjurados en el colegio de la Compañía de Jesús, todos armados, y caerían sobre el palacio. Qué sorpresa se llevarían los señores de la audiencia y los miembros de la nobleza, que les daban favor».
Pedro Pérez Valenzuela, «El visitador y el obispo», en Canturías a Santiago (Crónicas), Editorial José de Pineda Ibarra, Guatemala, 1967, p. 170.
Aunque ningún dato mejore las sugerencias de la imaginación literaria, habrá que reconocer que los antecedentes históricos de la Compañía proveen más de una trama folletinesca.
Lamentablemente, varios acontecimientos hubieron de coincidir para que se desvaneciesen los prestigios del complejo jesuítico. En marzo de 1767 se dictó la cédula real que expulsaba a los miembros de la Orden. Los seísmos de 1773 acabaron con el templo, aunque no lograron resquebrajar los cimientos del convento. Desde 1865 se instaló entre sus muros una fábrica de tejidos. En 1912, con fines comerciales, el edificio pasó a convertirse en mercado. Más adelante, aunque el beneficio de la reconstrucción estaba próximo, la naturaleza se encargó de originar nuevos destrozos.
«Los sismos de 1976 causaron espectaculares daños al conjunto en general, así como al templo en particular. Todo el sector sur de la fachada que se une al muro longitudinal del templo, se desplomó (…). El cerramiento superior de la ventana del coro alto se rompió a manera de una inmensa clave (…). El plan de acción emergente fue restituir aquel sector faltante. Éste contenía una puerta y una ventana, correspondientes a la nave lateral, vanos que solamente se dejaron insinuados dentro de la mampostería, puesto que lo que se necesitaba era volumen y peso suficiente para soportar los empujes laterales que el resto provocaba.»
José María Magaña Juárez, «Breve historia de la restauración en la Antigua Guatemala», en Javier Aguilera Rojas, Antigua. Capital del Reino de Guatemala, Secretaría de Estado de Cultura, Madrid, 2002, p. 50.