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La Antigua Guatemala

17. Iglesia de Nuestra Señora del Carmen

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Es justo decir que la portada de Nuestra Señora del Carmen, destinada a ensalzar las glorias del cristianismo, acoge con soltura otro tipo de interpretaciones, y acaso a más de un espectador le traiga a la memoria un grabado de Piranesi. En todo caso, conviene repetir, por este motivo, las palabras de Aguilera Rojas:

«La amplitud de la calle, de doble anchura que las demás, favorece la visión espectacular de la portada con el finísimo trabajo de los atauriques. El barroquismo de la fachada contrasta con el elemental trazado de única nave, de proporciones sencillas y muros rectos. Las veinticuatro columnas de la fachada, dispuestas en una reducida superficie, delatan el nuevo sentido del barroco en Antigua».

Aguilera Rojas, «Antigua. La ciudad de Dios», en Javier Aguilera Rojas, Antigua. Capital del ‘Reino de Guatemala’, Secretaría de Estado de Cultura, Madrid, 2002, p. 150.

En el terreno de la historia, es preciso situar esa magnificencia en el siglo xvii, por las fechas en que el obispo don Agustín de Ugarte y Saravia instituyó la Cofradía del Santo Escapulario de Nuestra Señora del Carmen. A partir de este detalle piadoso, recuerdan los cronistas que el 9 de abril de 1638, el Venerable Cabildo Eclesiástico otorgó permiso para que fuera edificado un templo bajo la misma advocación. Al cabo, éste quedó abierto al culto de los feligreses el 10 de junio del mismo año.

Con mayor amplitud, robusto y sin galas, un nuevo templo fue inaugurado el 12 de abril de 1686. Para organizarlo religiosamente, se le añadió una casa conventual, que también sufrió los temblores de 1717. Nótese que la nueva construcción data de 1728, y que en ella destaca la fachada con sus columnas ornamentadas mediante filigranas de estuco (José Joaquín Pardo, Pedro Zamora Castellanos y Luis Luján Muñoz, Guía de la Antigua Guatemala, Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala, Editorial José de Pineda Ibarra, Guatemala, 1969, pp. 230-231). Esa magnificencia exterior debió de corresponderse con la armónica finura del interior. Lamentablemente, en este como en otros casos los terremotos de 1773 dificultan el estudio de los retablos:

«y por otra parte no conocemos la actividad de los talleres que hubo en Antigua. (…) Esos talleres de Antigua, tal vez bajo la inspiración de grabados, llegaron a soluciones semejantes a las desarrolladas en los talleres de Quito, manifiestas en el empleo de soportes con profundos astrágalos de tal manera que la caña estriada se abre interiormente e un intento de destrucción del propio soporte».

Santiago Sebastián López, «Arte iberoamericano desde la colonización a la independencia», en Summa Artis, vol. XXIX, El arte iberoamericano del siglo xviii: El barroco tardío, Espasa Calpe, Madrid, 1985, pp. 305-306.

Pese a la relativa ausencia de ejemplos por analizar, no podíamos prescindir de recordar esta cuestión, sobre todo porque la arquitectura de retablos antigüeña debió de inspirar comparaciones de muy alto rango.

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