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La Antigua Guatemala

33. Hospital de San Pedro

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Pardo, Luján y Zamora Castellanos, en su descripción del Hospital de San Pedro, hacen mención del desafío organizativo que supuso un proyecto como éste. Al erigirse la catedral de Guatemala, las autoridades eclesiásticas dispusieron que se separase la novena y media parte de las rentas de los diezmos de la iglesia. Para mayor claridad, se informa en este pasaje del propósito perseguido mediante la citada comisión: el montaje y mantenimiento de un hospital para los eclesiásticos; esto es, los sacerdotes, diáconos y subdiáconos de pobres recursos. Por desgracia, en la empresa coincidió ese loable fin con un inconveniente, y es que las rentas de la iglesia eran escasas. Por ese motivo, los obispos y el cabildo eclesiástico:

«dispusieron de consuno, que el producto de la disposición sirviera para repartir el dinero como limosnas manuales que se darían los sábados en la misma iglesia, y así se observó hasta el año 1646, en que el obispo, doctor don Bartolomé González Soltero, observando que ya entonces las rentas habían aumentado dispuso suprimir las limosnas manuales, construir el Hospital para eclesiásticos, y desde luego se comprara una casa o predio donde se construyera aquél, y así se hizo».

José Joaquín Pardo, Pedro Zamora Castellanos y Luis Luján Muñoz, Guía de la Antigua Guatemala, Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala, Editorial José de Pineda Ibarra, Guatemala, 1969, p. 195.

En lo sucesivo, el proceso constructivo fue superando sus principales etapas. La traza pudo completarse el 3 de noviembre de 1654, y en mayo de 1663 ya entraron los primeros enfermos a estas instalaciones. Para administrarlas, nadie más adecuado que los religiosos de San Juan de Dios. El primer rector del hospital fue don Antonio Álvarez de la Vega, acompañado en esta responsabilidad por el enfermero y ecónomo don Salvador Nebrija. A modo de curiosidad, es interesante saber que la Catedral tuvo por sede el templo del hospital hasta el 6 de noviembre de 1680.

En opinión de Antonio Bonet, las razones por las que el Hospital de San Pedro, obra de Nicolás de Cárcamo, abre el capítulo del barroco antigüeño se debe a su perfil característico:

«La fachada de la iglesia, que forma ángulo con la portería del hospital, es un dechado de armonía urbana y un compendio de lo que serán los imafrontes de los templos de la ciudad».

«Ciudad y arquitectura en Guatemala. Siglos xvi, xvii y xviii», El país del quetzal. Guatemala maya e hispana, Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior, Madrid, 2002, p. 128.

Como tantos otros monumentos, la iglesia de San Pedro y su hospital también sufrieron daños por causa de los terremotos de 1773.

«La de San Pedro —escribía Juan González Bustillo un año después— con su casa hospital, dice el ingeniero [teniente coronel Antonio Marín], haberse todo cuarteado con los terremotos de la tarde del 29 de julio, por el testimonio de verdad del escribano Sánchez consta, que se aumentó uno, y otro pelo».

«Razón particular de los templos, casas de comunidades, de edificios públicos…», 16 de mayo de 1774, Apéndice en Julio García Díaz, Destrucción y traslado de la ciudad de Santiago de Guatemala, Facultad de Humanidades, Universidad de San Carlos de Guatemala, 1968, p. 66.

Podríamos considerar diversos intentos de restauración, singularmente en el siglo xix. Por otro lado, la gestión del hospital, al paso de ese paulatino arreglo arquitectónico, fue dirigida por diversas órdenes. A saber: los religiosos de San Juan de Dios, las Hermanas Capuchinas de la Divina Pastora, las Hermanas de la Caridad y, finalmente, los franciscanos, quienes aún lo mantienen en funcionamiento con el nombre popular de Hospital del Hermano Pedro.

Las enmiendas y reparaciones fueron importantes desde 1850 y, en opinión de Aguilera Rojas, de ellas provienen, con toda probabilidad, las decoraciones geométricas de la fachada. No obstante, ésta:

«conserva sus líneas fundamentales destacando en ellas la clásica ventana-hornacina sobre el frontón de la puerta y la curiosa cornisa quebrada rematada con volutas y pináculos combinando, a diferentes alturas, un conjunto de curvas y contracurvas claramente barrocas».

«Antigua. La Ciudad de Dios», en Javier Aguilera Rojas, Antigua. Capital del ‘Reino de Guatemala’, Secretaría de Estado de Cultura, Madrid, 2002, p. 138.

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