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La Antigua Guatemala

12. Ermita de la Santísima Trinidad

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No hay nada que contraste más con la refulgencia colonial que el estado que hoy presenta la ermita de la Santísima Trinidad. No lejos del templo y convento de la Recolección, la que en tiempos fue capilla del barrio de Chajón lucha hoy contra el olvido en una competición de escasa altura. Nada queda de la feliz disposición de sus líneas. Es más, la vegetación que trepa por sus escombros viene a ser el anuncio de un definitivo ocaso, en mitad del cafetal que rodea e invade su perímetro. Sin embargo, esta es una mirada parcial, pues los elementos de la ruina arquitectónica aún deparan significados a quien sepa leer entre líneas.

«La historia se recoge lentamente en la geografía, en el desciframiento de los signos y los surcos excavados en la tierra. El paisaje se agrieta lentamente, los bastidores del estudio cinematográfico se deslizan como sacudidos por un leve terremoto; los primeros planos van hacia atrás y los monumentos se tambalean, otras cosas afloran y avanzan.»

Claudio Magris, Microcosmos, traducción de J.A. González Sainz, Anagrama, Barcelona, 1999, p. 249.

De ello no hay duda: sostenida por un arco que se tiende hacia un pedregal y desprovista de otro valor, la ermita pervive como un dato elegido al azar por los archivistas.

Cuando Pardo y Zamora Castellanos rebuscaron en la historia de su edificación, hallaron un dato registrado por Domingo Juarros (1752-1821) en su Compendio de la historia de la ciudad de Guatemala. Al decir del eminente historiador, don Luis Peñalver y Cárdenas, arzobispo, mandó extinguir la Trinidad en 1804. Desde entonces, como un ejemplo de franqueza vegetal, el verdor, que no carece de sublimidad, ha ido colaborando en la destrucción que ahora se manifiesta sin remedio.

Ahora bien: ante los restos de la ermita, también podemos recrearla en nuestra fantasía e imaginar cómo fue su ornamento, describiendo de paso el arte que quizá la ocupó. Es probable que en tiempos mejores hubiese en ella un retablo, una escultura en el altar y quizá lienzos devotos en las paredes. Por esta vía, atendamos al comentario de Santiago Sebastián López cuando señala que la pintura guatemalteca se desarrolló con brío desde el siglo xvi, adquiriendo un carácter similar al de las pinturas murales que adornan los conventos mejicanos. Es más, durante la centuria siguiente, la nota diferencial «será el fuerte carácter zurbaranesco, ya que el Apostolado, de Santo Domingo de Guatemala, es obra del taller de Zurbarán, con figuras de calidad excelente» («El arte del siglo xvii. Guatemala y Centroamérica, Colombia, Venezuela y Ecuador», en Summa Artis, vol. XXVIII, Espasa Calpe, Madrid, 1985, pp. 565-566). Así, pues, poniendo toda la fuerza en el ingenio, ¿por qué no aplicar ese tono zurbaranesco a estas ruinas que ya oscurece la espesura?

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