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La Antigua Guatemala

10. Ermita de San Lázaro

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El sereno encanto de la ermita de San Lázaro se contagia al visitante desde que toma el derecho camino que conduce a ella. Pero esto no es más que la parte sentimental del asunto. Más digna de consideración es, en cambio, la historia del templo y la de los fines terapéuticos a los cuales fue destinado. Por lo que sabemos, en 1634 la lepra extendió sus efectos por toda la zona. Llamada asimismo mal de San Lázaro, esta enfermedad infecciosa es contagiada por un agente, el Mycobacterium leprae, identificado en 1878 por el científico Gerhard Henrik Armauer Hansen. La literatura y el arte reflejan la enorme incidencia de esta enfermedad antes de que el citado médico noruego diese con la senda que conduciría a su curación. Como sucede con otras enfermedades, su antiguo tratamiento guarda íntimos vínculos con la superstición. No se olvide que la palabra lepra traduce un vocablo hebreo, tsara’ath, que significa ‘pecado’. De hecho, el primer castigo que sufrían las víctimas de la epidemia era el aislamiento, y ese fue justamente el propósito del templo y el hospital que protagonizan estas líneas.

En 1681 y en 1717, las instalaciones de San Lázaro sufrieron daños muy severos. En 1734 fue diseñado un edificio más estable y resistente, aunque el leprosario dejó al fin de cumplir su misión. Entre 1834 y 1873 los planes municipales dieron con una nueva finalidad para el lugar, que pasó a convertirse en cementerio. A ese periodo corresponde la actual ermita, cuya imagen característica se complementa con una cruz de piedra que instalaron en 1922. Al igual que sucede en otras ciudades de alto linaje, el camposanto reúne los restos de personajes célebres. En este caso, cabe mencionar los del corregidor José María Palomo y Montúfar, que reposan a la sombra de la cruz antes citada.

Diversas restauraciones, en especial la de 1981, han corregido los efectos de los terremotos sobre el templo. No obstante, a pesar de esa introducción de elementos modernos, aún conserva la austeridad característica de las ermitas antigüeñas. Tiene razón el polígrafo inglés John Ruskin (1819-1900). Una iglesia como ésta no precisa de ningún ornato esplendoroso, visible. En todo caso, su poder no depende de ello y su pureza contraviene esa retórica.

«La simplicidad de un santuario pastoril es más grata que la majestad de un templo urbano; y sería más que discutible si, para el pueblo, tal majestad ha sido alguna vez el manantial del acrecentamiento de la verdadera piedad; pero para los constructores lo ha sido y debe serlo siempre. No es la iglesia lo que deseamos sino el sacrificio; no la emoción admirativa, sino el acto de adoración.»

John Ruskin, Las siete lámparas de la arquitectura, traducción de Luis E. Bareño, Aguilar, Madrid, 1963, p. 46.

En línea con ese pensamiento, cabe releer la inscripción que adorna la portada de ingreso al cementerio: La vida de los muertos consiste en la memoria de los vivos. Si bien quedó destruida en 1976, esa portada fue luego objeto de una restauración que acredita su eficacia cada 1 y 2 de noviembre, Día de los Santos y de los Difuntos, cuando los lugareños acuden a visitar a los seres queridos que ya abandonaron este mundo.

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