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La Antigua Guatemala

13. Ermita de San Jerónimo (Real Aduana)

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Aunque penetrada de matices iconográficos, la mención de San Jerónimo nos permite introducir una curiosidad que agradará a los amantes de la heráldica. «La fauna —escribe Manuel Arias— tiene un lugar privilegiado en las artes plásticas de Guatemala. Muchas veces los animales, y en especial los leones, aparecen como símbolos heráldicos o emblemáticos, propios de un reino hispano o como atributo de algún santo cristiano, por ejemplo San Jerónimo». («León», El país del quetzal. Guatemala maya e hispana, Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior, Madrid, 2002, p. 374). Así, pues, bajo este emblema del león, vamos a recorrer un espacio monumental que ha sido empleado para múltiples fines.

Comienza nuestra historia el 12 de septiembre de 1739, cuando los frailes de la Merced idearon la casa de estudios a la que dieron el nombre de Colegio de San Jerónimo. Para llevar a término ese empeño, fray Manuel de Santa Cruz solicitó a la Real Audiencia los permisos adecuados para edificar el centro en un terreno cedido por Ana María de Ávila y Quiroz. Al mando de las obras se situó un experto en este menester, fray Bartolomé de los Ríos. Aunque el recinto se completó en 1757, un detalle burocrático dio al traste con la ilusión de los frailes. Al carecer de licencia real, ermita y colegio estuvieron a punto de ser demolidos. Sin sortear del todo el escollo administrativo, en 1765 se dispuso emplear el edificio como Real Renta de Alcabalas y Real Aduana. (José Joaquín Pardo, Pedro Zamora Castellanos y Luis Luján Muñoz, Guía de la Antigua Guatemala, Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala, Editorial José de Pineda Ibarra, Guatemala, 1969, p. 124).

Esa extraña vacilación del destino parece anticipar otros males que dañaron a San Jerónimo, en este caso bajo la forma de inundaciones y terremotos. Elizabeth Bell, recorriendo el complejo, comprueba que en las ruinas aún hay vestigios de los muros originales, alzados alrededor de una fuente en el centro del claustro. También se conservan la cocina y parte de la primera capilla, así como la portada del colegio.

A modo de digresión, y aprovechando los vaivenes que sufrió este monumento, vamos a mencionar una idea supersticiosa que, al decir de algunos lugareños, explicaría el porqué de tanto destrozo.

«Por la fuerza del catolicismo en Santiago, especialmente entre los grupos más hispanizados, y la gran importancia del bautismo, parecería que casi todos los residentes urbanos hayan recibido este sacramento poco después de nacer. En cambio, un número considerable de la población negra y de castas no se casaron por Iglesia. (…) Se creía que Dios había castigado a los habitantes de Santiago con el terremoto ocurrido el día de San Miguel (29 de septiembre de 1717), porque tantas personas vivían unidas fuera del matrimonio. Las parejas sin casarse corrieron entonces a sus iglesias o capillas temporales para evitar más castigos divinos.»

Christopher H. Lutz, Historia sociodemográfica de Santiago de Guatemala, traducción de Jeannie Colburn, Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica, Guatemala, 1984, pp. 208-209.

Justo es mencionar por el mismo concepto, otras leyendas que conciernen a la ciudad, protagonizadas por figuras como el diabólico Sombrerón, el cual parece surgido de la pluma de Jacques Cazotte; el Cadejo, con su aire caprino; la Siguanaba, quien seduce a los novios y los lleva a la perdición; y la Llorona, a la que se ha de evitar para no verse enredado en sus cabellos y conducido al Averno.

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