Que el visitante no se deje llevar por las apariencias. Aunque la ermita del Espíritu Santo forma parte de ese tipo de ruinas del siglo xviii cuya rehabilitación implica nuevos usos, lo cierto es que también admite en su interior cierto tipo de fantasía espectral. Debe perdonársenos esta novelería, tan propia del género gótico, pero es lo cierto que un tipo semejante de evocación le cuadra bien al anecdotario de este lugar. Veamos ahora por qué.
Confirmando las pruebas de quienes lo acusaban, anduvo por aquí un forajido, Cayetano Figueroa, apodado Chiquirín, de quien se cuenta que era hábil en la fuga y que logró escapar de la administración de justicia sin rebasar la periferia antigüeña. Aunque al fin cayó en manos de la ley, pereciendo luego frente a un pelotón de fusilamiento, Chiquirín, o la memoria de sus andanzas justifican que el entorno de la ermita sea considerado un «sitio de leyendas» (José Joaquín Pardo, Pedro Zamora Castellanos y Luis Luján Muñoz, Guía de la Antigua Guatemala, Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala, Editorial José de Pineda Ibarra, Guatemala, 1969, p. 250).
Apenas dos esculturas y cuatro columnas han rememorado hasta época reciente el empaque original de la ermita. Aunque estas condiciones son susceptibles de alguna mejora, no hay ya materiales que permitan recobrar las antiguas formas del edificio. Ahora bien, por la modestia del entorno callejero que escenifica esta ruina, no está de más parafrasear aquí a Manuel Alvar, quien destaca en uno de sus escritos el orden admirable de la calzada antigüeña y la configuración de los materiales que la componen. Rebosantes y mezclados, a veces procedentes de antiguas obras, esos componentes parecen erosionados por estar a la intemperie y, no obstante, aún expresan cierta magnificencia, como si cubrieran los cimientos de una vieja iglesia.
«Los guijarros menudos e hirientes; las piedras blancas para el adorno, que en las insignificancias se admira la perfección de las criaturas. Hasta que un día el pedrero se evade y los chinorros, la grava, los matacanes, se convierten en flores. Las calles son tapices a los pies del Señor y los altarcillos recuerdan cruces de Granada o estaciones de Sevilla. El hombre vuelve a crear sus poemas.»
Manuel Alvar, «Evocación de la Antigua Guatemala», en Antigua, fotografías de Daniel Gluckmann, Ediciones de Cultura Hispánica, 1991, p. 10.