En un escenario tan propicio al buen estado de espíritu como la falda occidental del Cerro del Manchén, en el espacio que ocupó el barrio de las Andaluzas, hallará el visitante las ruinas de lo que fue la ermita de Nuestra Señora de los Dolores del Manchén. Inaugurada el 23 de mayo de 1738 por el obispo de Guatemala, fray Pedro Pardo de Figueroa, esta iglesia la porción de su memoria que respetaron los terremotos introduce en el paisaje los signos más seguros de la sobriedad. Con todo, la ausencia de los primitivos detalles arquitectónicos, obliga a fijar la mirada en los repliegues y escombros, resultado de un legendario desdén del inframundo por las obras de los hombres. No es casual que las leyendas de la zona otorguen protagonismo a las chimeneas volcánicas y a las deidades que causan los temblores de tierra. La literatura ha dado suficientes ejemplos de la vitalidad mostrada por mitos semejantes.
«Una cronología lenta, arena de cataclismo sacudida a través de las piedras que la viruela de las inscripciones iba corrompiendo como la baba del invierno.»
Miguel Ángel Asturias, Leyendas de Guatemala, Alianza Editorial, Madrid, 1981, p. 68.
Sobre esa forma de vitalidad legendaria, surgen disciplinas como la geomitología, que asigna a los fenómenos naturales el reflejo de asuntos que luego dramatiza la tradición y se hinchan con el viento de la historia.
«El tiempo de la geografía es también rectilíneo al igual que el histórico, porque también las montañas y los mares nacen y mueren, pero es tan grande que se curva, como una recta trazada sobre la superficie de la tierra, y establece una relación distinta con el espacio; los lugares son ovillos del tiempo que se ha devanado sobre sí mismo».
Claudio Magris, Microcosmos, traducción de J. A. González Sainz, Anagrama, Barcelona, 1999, p. 249.
Aunque la luz se desvanece sobre sus restos, la ermita del Manchén dispone de algún detalle que suelen consignar los cronistas. Hablan éstos del altar mayor, sobre el cual podían admirar los fieles una escultura de la Virgen Dolorosa. Según consta en los registros eclesiales, dicha imagen fue coronada por el obispo de Comayagua, Pedro Pardo de Figueroa, en el transcurso de la ceremonia inaugural del templo. El cataclismo de 1773 motivó el traslado de esta escultura a Nueva Guatemala, donde halló un acomodo más estable en la iglesia de San Sebastián. Mientas tanto, la vieja iglesia parecía haberse hundido en un montón de polvo. Sin duda, no carece de interés este detalle para comprender en qué términos se expresó la decadencia de la capital y de todo su patrimonio artístico.