En palabras de Miguel Ángel Asturias, Cabrakan es el «gigante de la tierra, que jugaba con las grandes montañas y provocaba los seísmos, dios de los terremotos en la mitología quiché» (Leyendas de Guatemala, Alianza Editorial, Madrid, 1981, p. 141). ¿Fue acaso este Cabrakan el responsable de la destrucción de la ermita que motiva estas líneas? En todo caso, la índole de esta explicación mítica, tal como aquí la proponemos, es complementaria de otra creencia, esta vez de linaje cristiano. La puso por escrito Domingo Juarros (1752-1821) y luego ha sido reproducida por diversos autores. La leyenda cuenta ya varios siglos de existencia y comienza en este mismo lugar, en el extremo noroeste de Santiago, cuando el indio Silvestre de Paz vislumbró una sutil luminaria. Al explorar la proveniencia del relampagueo, nuestro personaje dio con un trozo de cedro, y de inmediato pensó que éste era de naturaleza sagrada. A esta inquietud trató de satisfacer Manuel Chávez, quien se encargó de tallar con esa madera una imagen de la Virgen de los Dolores, con caracteres análogos a los de otras piezas que son objeto de devoción en todo el orbe cristiano. El rasgo esencial de la anécdota, aunque conmovedor para los creyentes, no hubiera tenido aquí cabida de no haber dispuesto el párroco que en 1703 se colocase la talla en una capilla. Siete años después, el alférez Juan Estrada impulsó la edificación de esta ermita, cuya razón de ser fue adorar a la Dolorosa. En 1756 la iglesia se amplió con un camarín.
En Antigua se conocen tres ermitas con el nombre de Nuestra Señora de los Dolores, y esa devoción tan extendida induce a reflexionar, desde una perspectiva meramente artística, en la misión de estas edificaciones como vehículo del modelo arquitectónico habitual en la Colonia. No obstante, conviene tener en cuenta que el arte de Antigua, al decir de Santiago Sebastián López:
«irradió hacia núcleos rurales de la zona sin presentar obras dignas de interés, más bien se trata de creaciones arcaizantes, todavía dependientes de los esquemas del Renacimiento o del manierismo».
«El arte del siglo xvii. Guatemala y Centroamérica, Colombia, Venezuela y Ecuador», en Summa Artis, vol. XXVIII, Espasa Calpe, Madrid, 1985, p. 563.
Una catástrofe aludida con frecuencia en este paseo por Antigua el terremoto de 1773 arruinó en su mayor parte la ermita.
«La de Nuestra Señora de los Dolores del Cerro escribe Juan González Bustillo en su folleto de 1774 se halla derribado su tejado; aunque saliendo sobre los tirantes del artesonado, y las paredes, y portada cuarteadas, según el informe del ingeniero [teniente coronel Antonio Marín]; y con los terremotos del 13 y 14 de diciembre, dice el escribano, que se ven por el suelo algunos otros peñascos de ripio, de los que de antemano estaban al caer.»
«Razón particular de los templos, casas de comunidades, de edificios públicos…», 16 de mayo de 1774, Apéndice en Julio García Díaz, Destrucción y traslado de la ciudad de Santiago de Guatemala, Facultad de Humanidades, Universidad de San Carlos de Guatemala, 1968, p. 67.
Confirman dicho informe los restos que han llegado hasta nuestros días: en la fachada, aunque maltrecha, aún es posible ver las representaciones de San Juan y San Pablo. También permanecen en pie algunos muros con pilastras. De su limpieza se encargó en 1978 un equipo coordinado por el Colegio Americano de Guatemala.