Una imagen de la Virgen Dolorosa, a quien se conmemora hoy desde un altarcillo, era la figura principal en el altar mayor de esta ermita, resquebrajada, descompuesta y al cabo hundida tras el seísmo de 1773. El fundador de Nuestra Señora de Dolores del Llano, Juan Silvestre Sánchez, dispuso que el templo celebrase la advocación que le da nombre, y frente al carácter transitorio de otras obras humanas, quizá el sacerdote pensó que una presencia sagrada como la de la Madre de Dios lograría proteger la iglesia de cualquier cataclismo. Como es obvio, una imagen esculpida no resume misterios tan sutiles, y el subsuelo, totalmente independiente de los ritos religiosos, se vio libre de compromisos y optó por quebrantar todas las estructuras de la ermita.
En provecho del caos, la Naturaleza, ya sin respeto por el ordenamiento arquitectónico, borró las proporciones de las arquerías, la medida de la fachada, los intervalos de la parte superior y cualquier otro rastro de la traza original. Al modificar las formas con semejante fiereza, dejando sólo a la vista algún soporte, esa fuerza inaudita impuso un arte geológico en gran escala que, por cierto, nos remite al polígrafo inglés John Ruskin (1819-1900).
«Veamos ahora cuál es el poder y majestad que la propia Naturaleza no desdeña aceptar de las obras humanas; y cuál es la sublimidad en las masas erigidas por su energía semejante a la del coral, que es honrosa, incluso cuando se transfiere por asociación a los milenarios promontorios que requieren terremotos para levantarse y diluvios para moldearse.»
John Ruskin, Las siete lámparas de la arquitectura, traducción de Luis Escolar Bareño, Aguilar, Madrid, 1963, p. 98).
En cierto sentido, ese precario equilibrio entre orden y caos, civilización y barbarie, diseño y boscosidad, puede servir de metáfora aplicable a la visión que del territorio cakchiquel tenían los españoles. En las postrimerías del siglo xvii, un óleo anónimo, Conquista y reducción de los indios infieles de las montañas de Paraca y Pantasma en Guatemala, insistía en la necesidad de extraer a los aborígenes de su comunión con la naturaleza para atraerlos hacia las condiciones de la fe y la ley españolas.
«La composición insiste por doquier en ese contraste, pues si los bárbaros cazan animales salvajes (ciervos, jabalíes, jaguares), los reducidos se rodean de animales domésticos (burro, perro, vaca). Si unos llevan collares aparentemente hechos de costillas humanas, los otros portan rosarios y cruces al cuello.»
Luisa Elena Alcalá, «Conquista y reducción de los indios infieles…», El país del quetzal. Guatemala maya e hispana, Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior, Madrid, 2002, p. 354.
Visto en clave mítica, el proceso que narra este cuadro acarrea posibles turbulencias y deslizamientos. Por así decirlo, siempre es posible un retorno al pasado, precedido de un alboroto que tiende a sobrepasar toda medida. Y es que, apenas temperado tras años de interacción con la cultura de los conquistadores, Cabrakan, el dios quiché de los terremotos, no quiso correr la suerte de quienes antaño lo adoraban, y lleno de furia, arrasó una y otra vez los templos de la nueva fe, incluida esta ermita que un lejano día fue el sueño de Juan Silvestre Sánchez y que ahora avanza hacia el olvido. Ni siquiera San Sebastián, cuya tutela frente a los terremotos aún reconocen los antigüeños, intervino para neutralizar el invencible recelo de la deidad maya.