«Paseo por la Antigua Guatemala y sus ruinas me hablan de apasionados silencios. Como la voz de aquel hombre cuyo legado era su verdad. Verdad en estas piedras que son una herencia de emociones infinitas y de vidas que apasionadamente fijaron sus huellas sobre el suelo. Es la eternidad que da la letra. Cuando Bernal muere, la ciudad no era el prodigio que ahora descubrimos y el que nuestro entusiasmo acierta a inventar. En lengua de los hombres aún dura la palabra milagro. Acaso la acuñaran las Vírgenes Antiguas de nuestras catedrales».
Manuel Alvar, «Evocación de la Antigua Guatemala», en Antigua, fotografías de Daniel Gluckmann, Ediciones de Cultura Hispánica, 1991, p. 10.
Parafraseando al narrador Alejandro Jodorowsky, añadamos que, en la dimensión de los muertos, éstos viven gracias a la energía de la memoria, y por ello viene al caso convocar las siluetas de aquellos veinticuatro padres recoletos que en 1683 desembarcaron en el puerto de Veracruz. En su vía de avance espiritual, la misión era una labor imprescindible, y así lo dejaron de manifiesto seis de estos frailes, que fueron llegando a Antigua entre 1685 y 1697.
Si bien ocuparon inicialmente instalaciones temporales, pronto se reveló la necesidad de edificar un convento y una iglesia de sólida fábrica. Con esa intención, el 8 de septiembre de 1701 el padre provincial José González puso la primera piedra de un templo cuyas obras concluyeron en 1715, gracias al celo de José de Porres y de su hijo Diego. Por lo que concierne al recinto conventual, fue en 1708 cuando los obreros dieron los últimos toques a los claustros, las celdas, la enfermería, la botica, la sala de estudios y la biblioteca. Asimismo, en uno de los flancos de dicha edificación, fue construida la Casa de Recoletos, que sirvió a modo de hospital y albergue (José Joaquín Pardo, Pedro Zamora Castellanos y Luis Luján Muñoz, Guía de la Antigua Guatemala, Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala, Editorial José de Pineda Ibarra, Guatemala, 1969, pp. 132-138).
Atento al detalle humano, Santiago Sebastián López subraya el entusiasmo de fray Antonio Margil de Jesús a la hora de promover las obras del templo, y asimismo destaca que, si bien la norma en las iglesias conventuales de Guatemala fue la nave única, hay notorias excepciones como esta iglesia de la Recolección o Colegio de Cristo Crucificado («Arte iberoamericano desde la colonización a la independencia», en Summa Artis, vol. XXIX, El arte iberoamericano del siglo xviii: El barroco tardío, Espasa Calpe, Madrid, 1985, p. 296).
Desgraciadamente, sólo podemos intuir su grandeza original, pues a los destrozos causados por los seísmos de 1773 se sumó una constante rapiña de materiales. No obstante, hay que alabar las iniciativas de restauración propiciadas por el Instituto de Antropología e Historia y las operaciones de rescate efectuadas tras el terremoto de 1976.
En el catálogo de daños sufridos por La Recolección en el transcurso del tiempo, incluye Luis Luján Muñoz la pérdida de la fuente que embellecía su enorme atrio, y en esta línea considera inaudito
«que se destruyera otra fuente original en su patio principal para construir una piscina sui generis en forma de barca. Empero se conservan dos pequeñas fuentes con el fondo de azulejos sencillos y otra muy interesante en un anexo, en cuyo centro del patio se ve ésta».
Luis Luján Muñoz, Fuentes de Antigua Guatemala, Consejo Nacional para la Protección de la Antigua Guatemala, Editorial José de Pineda Ibarra, 1977, pp. 29-30.