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La Antigua Guatemala

39. Iglesia y Convento de Nuestra Señora de la Merced

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A propósito de esta edificación, el teólogo Antonio Vázquez de Espinosa, en su Compendio y descripción de las Indias Occidentales (1620), escribe lo siguiente:

«El convento de Nuestra Señora de la Merced en esta ciudad es el más antiguo, y de los más ilustres; tiene muy buena iglesia y sacristía con ricos y costosos ornamentos, buenos dormitorios y claustros; con otros que iban edificando cuando estuve en aquella ciudad el año de 1620 y 1621. Trátase con gran curiosidad y limpieza del culto divino, por lo cual es muy frecuentado de toda la ciudad»

(David L. Jickling, ed., La ciudad de Santiago de Guatemala por sus cronistas y viajeros, Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica, 1987, p. 12).

No le falta razón al viajero cuando destaca estas cualidades, pues todas ellas tienen un claro respaldo histórico. Fue el 28 de enero de 1548 cuando fray Juan de la Barrera, a la sazón presidente de la Casa y Monasterio de Nuestra Señora de las Mercedes, pidió al Ayuntamiento asistencia económica y una ampliación del terreno del cual disponía su Orden desde 1541. Gracias al apoyo institucional, su viejo templo fue sustituido por una segunda iglesia, mejorada en 1583. Si bien la Real Audiencia accedió a que la casa conventual pudiera ampliarse en el costado que daba al norte, buena parte de estos esfuerzos quedaron malogrados en 1717, por culpa de un furioso seísmo. Un nuevo edificio, enormemente bello, se inauguró el 10 de octubre de 1767 (José Joaquín Pardo, Pedro Zamora Castellanos y Luis Luján Muñoz, Guía de la Antigua Guatemala, Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala, Editorial José de Pineda Ibarra, Guatemala, 1969, pp. 172-176). El alzado de esa iglesia consta de tres calles y dos cuerpos, y al decir de Aguilera Rojas, no faltan en ella

«rasgos típicamente guatemaltecos: la ventana hornacina, quizá de influencia limeña; la puerta con tímpano rehundido y los tímpanos mixtilíneos como los de San Francisco».

«Antigua. La Ciudad de Dios», en Javier Aguilera Rojas, Antigua. Capital del ‘Reino de Guatemala’, Secretaría de Estado de Cultura, Madrid, 2002, p. 134.

Redundaremos en el encomio de Antonio Bonet, quien destaca la buena conservación del monasterio y la finura estilística de su constructor, el maestro Juan de Chaves, responsable de que la iglesia tenga «una fachada-retablo con soportes con tallos de vid helicoidales y decoración de motivos ornamentales planos de tipo vegetal, tarjas y formas geométricas» («Ciudad y arquitectura en Guatemala. Siglos xvi, xvii y xviii», El país del quetzal. Guatemala maya e hispana, Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior, Madrid, 2002, p. 128). No obstante, pese al buen estado con el cual ha llegado hasta nuestros días, conviene saber que también resultó herido por los temblores de 1773. Así lo dejó por escrito Juan González Bustillo, quien advirtió la ruina en la mayor parte las celdas y efectos menores en la iglesia, así como la caída de un pedazo pequeño del campanario. («Razón particular de los templos, casas de comunidades, de edificios públicos…», 16 de mayo de 1774, Apéndice en Julio García Díaz, Destrucción y traslado de la ciudad de Santiago de Guatemala, Facultad de Humanidades, Universidad de San Carlos de Guatemala, 1968, p. 71). Por fortuna, el corregidor José María Palomo y Montúfar animó las tareas de restauración en 1853. Tareas que, por fuerza de las circunstancias, debieron iniciarse de nuevo tras los seísmos de 1976.

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