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La Antigua Guatemala

27. Convento e Iglesia de San Francisco

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«Estamos en el templo de San Francisco. Se alcanzan a ver la reja que cierra el altar de la Virgen de Loreto, los pavimentos de azulejos de Génova, las colgaduras de Damasco, los tafetanes de Granada y los terciopelos carmesí y de brocado. ¡Silencio! Aquí se han podrido más de tres obispos y las ratas arrastran malos pensamientos. Por las altas ventanas entra furtivamente el oro de la luna. Media luz. Las candelas sin llamas y la Virgen sin ojos en la sombra».

Miguel Ángel Asturias, Leyendas de Guatemala, Alianza Editorial, Madrid, 1981, pp. 16-17.

Semejante descripción, indudablemente encantadora desde el punto de vista literario, elude, sin embargo, aspectos prácticos que conocemos por boca del teólogo Antonio Vázquez de Espinosa, en su Compendio y descripción de las Indias Occidentales (1620):

«El convento de San Francisco de esta ciudad es excelente en fábrica y grandeza. La iglesia es grande y capaz, muy bien adornada de capillas, altares y ornamentos en que se celebra el culto divino con gran ostentación, y ejemplo, de devoción a todo el pueblo; tiene muy buenos claustros y dormitorios; muchos religiosos muy observantes de su regla, y entre ellos muchos muy doctos».

David L. Jickling, ed., La ciudad de Santiago de Guatemala por sus cronistas y viajeros, Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica, 1987, pp. 11-12.

Aunque ambas citas limitan la necesidad de añadir aquí datos eruditos, podemos introducirnos con brevedad en la historia del complejo de San Francisco, mucho más rica en contenido que la de otros templos antigüeños. Si bien la primera edificación data del 2 de junio de 1542, un año después los franciscanos consiguieron otro terreno más idóneo y allá se situaron su iglesia y casa conventual. Los seísmos de 1565, resquebrajaron la fábrica del templo y el convento. Además de un profundo arreglo de la iglesia, en 1578 pudo llevarse a término una ampliación del convento, la sacristía mayor y la sala de estudios. Con la terquedad propia de los desastres naturales, un nuevo ciclo sísmico dañó las instalaciones franciscanas en 1689. Para gozo de los integrantes de la Orden, la restauración quedó terminada sin incidentes y pudo celebrarse el acto de consagración del templo el 23 de septiembre de 1714 (José Joaquín Pardo, Pedro Zamora Castellanos y Luis Luján Muñoz, Guía de la Antigua Guatemala, Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala, Editorial José de Pineda Ibarra, Guatemala, 1969, pp. 166-172).

A juicio de Santiago Sebastián López, la fachada de San Francisco no cae en el barroquismo desmesurado, aun a pesar del empleo generoso de la columna salomónica. En todo caso, dicha obra

«responde a una estructura manierista, pese a que desconocemos la terminación: la parte central del segundo cuerpo se desarrolla plenamente en el primer cuerpo, y el tipo de hornacina y los frontones colgados con detalles de clara tradición manierista».

«El arte del siglo xvii. Guatemala y Centroamérica, Colombia, Venezuela y Ecuador», en Summa Artis, vol. XXVIII, Espasa Calpe, Madrid, 1985, p. 563.

A estos detalles de interés arquitectónico cabe sumar un asunto piadoso, y es que en la capilla de la Orden Tercera se ubicaron los restos del beato Pedro de San José de Betancur hasta 1991. A partir de esta fecha, los feligreses pueden hallarlos en la capilla del Hermano Pedro, situada en el crucero del templo.

En cuanto al proceso reconstructor de la iglesia, dice Elizabeth Bell que éste se inició en 1960. No obstante, esta

«reconstrucción masiva —escribe— fue motivo de controversia entre historiadores del arte y restauradores. Algunos visitantes aún reclaman el aspecto de ruina nueva que se le dio a la iglesia».

La Antigua Guatemala: La ciudad y su patrimonio, 1999, p. 61.

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