A la hora de buscar los establecimientos más suntuosos en la Capitanía General de Guatemala, diversos autores coinciden en su respuesta, incluyendo al comienzo del listado el recinto monumental de Santo Domingo. Aunque de posterior ejecución, lo cierto es que el proyecto conventual tiene su primera fecha en 1544, al poco de asignar el Cabildo unos solares a la Orden de Santo Domingo. Tras ocupar un enclave provisional, los monjes pasaron a estrenar su definitivo convento el 7 de mayo de 1551.
Según detallan Pardo y Zamora Castellanos, el 18 de junio de 1636 los canteros Juan Bautista de Vallejo y Martín de Autillo afrontaron la construcción del arco toral. Quien se ocupó de la capilla mayor de la iglesia fue otro cantero, Martín de Ugalde, aunque la terminó el artista Pedro de Liendo el 4 de agosto de 1657. Los mismos tratadistas atribuyen a fray Félix de Mata la autoría de la fuente situada en el patio principal del convento desde 1618 (José Joaquín Pardo, Pedro Zamora Castellanos y Luis Luján Muñoz, Guía de la Antigua Guatemala, Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala, Editorial José de Pineda Ibarra, Guatemala, 1969, pp. 164-165). Esta convergencia de artistas y artesanos tuvo un feliz resultado. Tanto es así que Antonio Vázquez de Espinosa, en su Compendio y descripción de las Indias Occidentales (1620) lo expresó del siguiente modo:
«Tiene esta ciudad famosos conventos, el de Santo Domingo es muy suntuoso, de muy buena fábrica con grandiosa iglesia muy adornada y claustros; hay sujetos muy religiosos y doctos, aunque por humildad, y la gran reformación que en hábito y costumbres observan, no se gradúan».
David L. Jickling, ed., La ciudad de Santiago de Guatemala por sus cronistas y viajeros, Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica, 1987, p. 11.
Cuando la traza quedó concretada en 1666, uno de los detalles que, a buen seguro, solicitaron la atención de los vecinos fue la pareja de campanarios dobles, en cuyo eje tañía una decena de campanas, siguiendo éstas el ciclo que indicaba un reloj traído a esta tierra en 1553. En el interior, imágenes como La Virgen del Rosario y el Señor sepultado mostraban su belleza. Así lo registra Bell, quien asimismo destaca la tarea de los dominicos, a la sazón gestores del Colegio de Santo Tomás de Aquino y responsables de impartir doctrina y estudios superiores en la Colonia (Elizabeth Bell, La Antigua Guatemala: La ciudad y su patrimonio, 1999, p. 64).
Disponemos de dos testimonios en torno a los efectos de los terremotos en este recinto. Tomás Ignacio de Arana, oidor de la Real Audiencia, describe el seísmo de 1717 en su Relación de los estragos y ruinas que ha padecido la ciudad de Santiago de Guatemala por los terremotos y fuego de sus volcanes en este año de 1717:
«La iglesia y convento de Santo Domingo, fábrica tan perfecta en la arquitectura, tan admirable en sus medidas, tan vistosa en sus adornos que pudiera hacerse lugar entre las más admirables de América y de Europa, padeció tan lastimosamente ruina, que no sé si fuera menos que hubiese quedado del todo por el suelo».
David L. Jickling, ed., op. cit., p. 41.
Tiempo después, Juan González Bustillo reflejaba los daños que causó el terremoto de 1773:
«En el de Santo Domingo señala, dice el ingeniero [teniente coronel Antonio Marín], y es notorio, que le arruinó enteramente su iglesia, las celdas de los religiosos en la mayor parte, y las paredes del todo».
«Razón particular de los templos, casas de comunidades, de edificios públicos…», 16 de mayo de 1774, Apéndice en Julio García Díaz, Destrucción y traslado de la ciudad de Santiago de Guatemala, Facultad de Humanidades, Universidad de San Carlos de Guatemala, 1968, p. 70.
A consecuencia de tales destrozos, el edificio sufrió abandono y luego sirvió de improvisada cantera. Más adelante se alojaron en ella viviendas privadas y también la Escuela Luis Mena. En este afán por reutilizar los antiguos muros, material procedente del claustro sirvió para completar el Instituto Nacional para Varones Antonio Larrazábal (INVAL), que ocupó el atrio de la iglesia hasta 1976. Gracias a los trabajos de reconstrucción llevados a término por el arqueólogo Edwin Shook, Santo Domingo recobró una parte de su antiguo atractivo. El matrimonio Shook habitó en un costado del recinto y, muy oportunamente, fundaron en él un centro de consulta arqueológica. Cuando vendieron la propiedad de 1998, una entidad privada, Protunac, elaboró un proyecto que añadía un establecimiento hotelero a la admirable entidad que ahora se conoce con el nombre de Centro Cultural Casa Santo Domingo. Nuevas adquisiciones sirvieron para configurar un espacio de gran atractivo turístico y cultural, en el cual figuran asimismo el Museo Colonial y el Museo Arqueológico, (Bell, op. cit., pp. 68-70).