Si en los primeros tiempos Santiago de Guatemala no dispuso de conventos femeninos, el de Nuestra Señora de la Concepción vino a inaugurar, por así decirlo, esta categoría que concierne directamente a la vida religiosa de los antigüeños. Entiéndase con esta expresión la pertinencia del contexto en que se dio el proyecto que ocupa estas líneas.
Todo comenzó el 5 de abril de 1563, cuando el obispo Francisco Marroquín donó unas viviendas que le había vendido Miguel de Aguirre. El objeto de dicha cesión así lo cuentan los profesores Pardo, Luján y Zamora Castellanos era construir un edificio que alojase a mozas pobres, o bien erigir un convento. Para que actuasen como patronos de un plan tan beneficioso para la comunidad de creyentes, se nombró a don Álvaro de Paz y a don Melchor Ortiz de la Puente. Podría decirse que su gestión acabó en fracaso, dado que, sin haber llevado a término la idea de Marroquín, ambos cedieron el patronato al Ayuntamiento el 5 de diciembre de 1566.
Tiempo después, por acuerdo del Gobierno municipal, Alonso Gasco de Herrera, Carlos de Bonifaz y Diego Ramírez estudiaron la contabilidad de la futura casa conventual. Por fin, en 1577 el Cabildo rogó al arzobispo de México que algunas hermanas de la Inmaculada Concepción de Nueva España vinieran a Santiago con el fin de poner en marcha este convento que dio en llamarse de Nuestra Señora de la Concepción (José Joaquín Pardo, Pedro Zamora Castellanos y Luis Luján Muñoz, Guía de la Antigua Guatemala, Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala, Editorial José de Pineda Ibarra, Guatemala, 1969, p. 200-203).
El 10 de febrero 1578 llegaban desde tierras mexicanas una abadesa y tres monjas. Un año más tarde profesó la primera religiosa guatemalteca, y en 1620 se dio por concluida la edificación del monasterio, siendo obispo de la diócesis fray Juan de Zapata y Sandoval. De ese mismo año data el siguiente escrito de Antonio Vázquez de Espinosa, incluido en su Compendio y descripción de las Indias Occidentales:
«El Monasterio de la Concepción de esta ciudad es muy bueno, grande y bien acabado; coge gran sitio, tiene muy buena iglesia y casa, con más de cien religiosas sin las sirvientes; es muy devoto y frecuentado de los vecinos de la ciudad donde tienen sus hijas y deudas dedicadas a Dios».
David L. Jickling, ed., La ciudad de Santiago de Guatemala por sus cronistas y viajeros, Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica, 1987, p. 13.
Coincide a la hora de plantear elogios el dominico irlandés Thomas Gage, que en 1626 contó hasta un millar de habitantes, incluyendo en la comunidad a las religiosas, a la servidumbre y a las niñas que allá recibían educación.
«El mismo Gage escribe Antonio Bonet señala la riqueza de (…) la Concepción, en donde se encontraba la celda de la monja Juana de Maldonado, famosa por su hermosura y por improvisar versos y tener dentro de la clausura un apartamento con un órgano realejo, jardín particular y cuarto de baño».
«Ciudad y arquitectura en Guatemala. Siglos xvi, xvii y xviii», El país del quetzal. Guatemala maya e hispana, Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior, Madrid, 2002, p. 126.
El carácter general del convento tiene su explicación en el linaje de muchas de sus religiosas, capaces de aportar muy generosas dotes que, de paso, contribuían al común bienestar de la comunidad, y asimismo a un lujo nada desdeñable, patente en la colección artística que ornaba cada rincón del inmueble. Cuando se estrenó el templo, allá por el 8 de diciembre de 1729, poblaban sus habitaciones 103 monjas, 140 pupilas, 700 criadas y 12 beatas profesas. El dato procede de la Gazeta de Goathemala y lo cita Luis Luján Muñoz, quien asimismo destaca que en sus magníficas instalaciones existían «veintidós fuentes corrientes en patios y claustros, lo que debió hacer de dicho convento uno de los más bellos de Guatemala» (Fuentes de Antigua Guatemala, Consejo Nacional para la Protección de la Antigua Guatemala, Editorial José de Pineda Ibarra, 1977, p. 28).
Consecuencias lamentables de los terremotos de 1717, 1751 y 1773, fueron el deterioro físico y el abandono del recinto conventual en 1774. Durante un tiempo, sirvió de cantera, y por ello admira que hayan conseguido preservarse la portada, las ruinas de la iglesia, las criptas de enterramiento y el famoso claustro de Sor Juana de Maldonado.