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La Antigua Guatemala

26. Convento y Templo de Santa Clara

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La historia del recinto de Santa Clara se aviene cómodamente al modelo de fundación conventual que vino a darse en Antigua. En primer término, una benefactora con los medios económicos precisos, doña María Ventura de Arrivillaga y Coronado, decidió patrocinar este proyecto de las monjas clarisas. Más adelante, un grupo de hermanas, las encargadas de fundar el convento, partieron el 19 de octubre de 1699 desde Puebla de los Ángeles para iniciar su misión en nuestra capital. Las instalaciones, inauguradas solemnemente el 14 de enero de 1700, pronto fueron objeto de una ampliación, gracias en buena medida a la suma donada por el obispo fray Juan Bautista Álvarez de Toledo. Con los pesos que entregó tan ilustre donante, pudo abrirse al culto la iglesia de Santa Clara, concluida en 1715. Tampoco faltan reveses a este proyecto, empezando por el terremoto que en 1717 desarticuló la estructura del templo. Para satisfacción de autoridades y feligreses, una nueva iglesia, con diseño de Diego de Porres, fue estrenada el 11 de agosto de 1734 (José Joaquín Pardo, Pedro Zamora Castellanos y Luis Luján Muñoz, Guía de la Antigua Guatemala, Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala, Editorial José de Pineda Ibarra, Guatemala, 1969, pp. 212-216).

No faltaron en Santa Clara elementos de gran belleza. Conforme el uso antigüeño, la fuente fue un ingrediente característico en el ornato de su patio, y ello queda explicado en el generoso informe de Luis Luján Muñoz. Como inciso, dice el especialista que uno de los primeros conventos con fuente en el patio principal fue el de San Agustín, amoldándose al mismo esquema las fuentes de Santo Domingo. Sin embargo, no cree Luján que se haya superado la variedad y cantidad de surtidores que existían en los conventos femeninos de Concepción y Santa Clara (Fuentes de Antigua Guatemala, Consejo Nacional para la Protección de la Antigua Guatemala, Editorial José de Pineda Ibarra, 1977, p. 28). Lástima que todos esos adornos, al igual que la estructura del edificio, sufrieran en tal grado los temblores de 1773.

Estamos de nuevo ante la página más desafortunada de Antigua. Al margen de los valores dramáticos de dicho suceso, José María Magaña Juárez detalla las pérdidas materiales, acrecentadas luego por los terremotos de 1976. Siguiendo su descripción, el templo de una sola nave luce una fachada en estuco, sumamente elaborada, detrás de la cual se albergan las criptas de enterramiento, el coro alto y el coro bajo, a su vez cubiertos por tres juegos dobles de bóvedas elípticas. Las tres cubiertas, resquebrajadas en 1976, exigieron una inmediata labor de apuntalamiento, llevada a término gracias a la donación de madera que realizó el Gobierno canadiense. Tras otras medidas de ajuste,

«un último refuerzo horizontal, en concreto armado, con anclajes verticales en cada pilastra, se practicó en las bóvedas de la azotea, previniendo así que en futuros sismos los muros longitudinales del templo se abrieran».

«Breve historia de la restauración en la Antigua Guatemala», en Javier Aguilera Rojas, Antigua. Capital del ‘Reino de Guatemala’, Secretaría de Estado de Cultura, Madrid, 2002, pp. 46-47.

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