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La Antigua Guatemala

29. Convento e Iglesia de Nuestra Señora de Belén

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Sin exagerar la caracterización de esta figura, Miguel Ángel Asturias resume la biografía del Hermano Pedro, fundador de la Orden Bethlemita, y le añade un detalle enigmático. «Pedro José de Betancourt nació en Villaflor de Tenerife (Canarias) y se trasladó a Guatemala en 1651. Era de regular estatura, moreno, barba poblada, frente ancha, ojos negros vivos. (…) En vida, hizo milagros. Murió el 25 de abril de 1667. (Viene a orar al templo de San Francisco después de media noche; esto históricamente inexacto, dícese porque está enterrado en dicho templo.)» (Leyendas de Guatemala, Alianza Editorial, Madrid, 1981, p. 144). Tengamos, pues, por sentado que el personaje ofrece un perfil piadoso y admirable, conmemorado en el monumento que acá venimos a describir. A no dudarlo, el conjunto de Nuestra Señora de Belén guarda muy estrecha relación con la biografía del religioso, a quien se deben el proyecto y su desarrollo.

La anécdota en torno a la promoción del edificio tiene fundamento histórico: el 9 de julio de 1666 el Hermano Pedro solicitó al Ayuntamiento antigüeño que se le cediera una parte del llano del Matadero, llamado asimismo Prado de las Lecheras. Su propósito era el de construir un hospital de convalecientes, labor que acometió cuando el 20 de agosto de ese mismo año el gobierno municipal satisfizo la solicitud del fraile. Admirados por su virtud, muchos quisieron ayudarlo en sus propósitos. Tal es el caso de Rodrigo de Arias Maldonado, quien rechazó un título de nobleza y siguió a Pedro en su benéfica misión con el nuevo nombre de fray Rodrigo de la Cruz. Viene al caso añadir que este valeroso personaje fue prelado de la congregación bethlemítica desde el 2 de febrero de 1668, coincidiendo con la inauguración del templo de Nuestra Señora de Belén.

Entre 1852 y 1873, las instalaciones de Belén fueron ocupadas por un grupo de capuchinos. Posteriormente, hacia 1934, ocupó sus muros un aserradero, que al fin se convirtió en posada. Al margen de usos tan heterogéneos, lo cierto es que aún cabe admirar la austera fachada del templo, en la cual se resumen todas las características de la arquitectura religiosa local.

A título de curiosidad, en el claustro principal del convento de la Orden Hospitalaria de Belén, hay una fuente que «en su sobriedad —lo dice Luis Luján Muñoz—, tiene la elegancia de todas las fuentes antigüeñas, siendo de planta octogonal, con leves salientes en sus ángulos exteriores» (Fuentes de Antigua Guatemala, Consejo Nacional para la Protección de la Antigua Guatemala, Editorial José de Pineda Ibarra, 1977, p. 29).

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