A modo de introducción, vamos a reproducir un pasaje literario que introduce la más delicada sensibilidad en el carácter del Calvario.
«Poco le faltaba el año 1654 escribe Pedro Pérez Valenzuela para terminar la iglesia del Calvario, situada en el final del muy lindo paseo de La Alameda, el cual comenzaba en el puente de Nuestra Señora de los Remedios. Ya estaba construido el atrio con su portada de bóvedas y las tres capillas al levante, para los pasos de la Pasión de Cristo; y se engalanaban de corolas los dos jardincillos formados a los costados del atrio; y frente al cuerpo de la iglesia ya se había levantado sobre cuatro airosas columnas la bóveda donde se pondría a la veneración el Crucificado»
«Le avisaba el corazón», en Canturías a Santiago (Crónicas), Editorial José de Pineda Ibarra, Guatemala, 1967, p. 100.
Algo aumentadas por la imaginación, estas cualidades estéticas responden a una larga historia que comienza el 19 de noviembre de 1618, cuando el alcalde, don Juan Luis de Pereira, delimitó el solar donde tenía que edificarse la iglesia. Según consta en los archivos, el proceso de construcción acabó en 1655, aunque años después, en 1717, la naturaleza se encargó de resquebrajar la obra de los hombres. Tras paliar los efectos de dicho seísmo, la ermita fue reinaugurada el 11 de febrero de 1720, gracias al celo, las energías y la disposición financiera del Presidente de la Real Audiencia, Gobernador y Capitán General don Francisco Rodríguez de Rivas (José Joaquín Pardo, Pedro Zamora Castellanos y Luis Luján Muñoz, Guía de la Antigua Guatemala, Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala, Editorial José de Pineda Ibarra, Guatemala, 1969, pp. 27-28).
Desde un punto de vista arquitectónico, el esquema manierista sigue aquí cauces de originalidad. Dice Santiago Sebastián López que se distingue en la estructura el triple pórtico, con tres espadañas que lo rematan con «gran efecto escenográfico». Siguiendo el patrón mexicano, la capilla de portada abocinada se alza tras un pequeño atrio. («Arte iberoamericano desde la colonización a la independencia», en Summa Artis, vol. XXIX, El arte iberoamericano del siglo xviii: El barroco tardío, Espasa Calpe, Madrid, 1985, p. 299). En esta belleza le cabe al interior del templo participar con un papel nada desdeñable. No en vano, artistas como Antonio de Montúfar y Tomás Merlo figuran entre los autores de los cuadros que dieron brillo a sus paredes.
Como en otros casos, recurrimos a la autoridad de Juan González Bustillo a la hora de citar los daños sufridos por el Calvario por causa de los terremotos de 1773. «La iglesia del Calvario escribe, dice el ingeniero [teniente coronel Antonio Marín], que la halló desplomada y cuarteada, amenazando ruina; y el escribano expresa, que con los temblores de diciembre, cayó parte de la media naranja, en que estaba el patio de la crucifixión; se hizo pelo en la clave del arco del camarín nuevo; se arruinó el pasadizo al púlpito; y se ven varias rajaduras horizontales, habiéndose caído en la anteportada, o campanario, una bóveda, y gran pedazo de su arco» («Razón particular de los templos, casas de comunidades, de edificios públicos…», 16 de mayo de 1774, Apéndice en Julio García Díaz, Destrucción y traslado de la ciudad de Santiago de Guatemala, Facultad de Humanidades, Universidad de San Carlos de Guatemala, 1968, p. 68).