En una visita a La Antigua Guatemala, capital del departamento de Sacatepéquez, lo que primero suscita la curiosidad de caminantes, pasajeros y eruditos es menos el ornato monumental que una sutil esencia histórica, muy fundida con el terreno y con los habitantes. Tal cualidad ya basta para subrayar un hecho incontrovertible, y es que la ciudad reúne en su proyección urbana todos los contraluces, virtudes y arrebatos de la Colonia, incluyendo los afectos y también las más graves disparidades que nacieron del encuentro entre españoles e indígenas.
Con su trazado reticular, Antigua escenifica asimismo un combate entre un diseño de linaje occidental y los espacios fractales que impone la naturaleza. No en vano, desde que esta metrópoli fue fundada con el nombre de Santiago de los Caballeros de Guatemala, el subsuelo se ha encargado de contradecir, al menos por un tiempo, la obra de cuantos quisieron engrandecer su esplendor. Peligrosamente flanqueada por los volcanes del Agua, del Fuego y Acatenango, esta ciudad ha experimentado erupciones, tormentas de ceniza, flujos de lodo y terremotos, que ocasionan frecuentes estragos. Por eso, cabe decir, en su elogio, que Antigua posee la excelencia del humanismo, pero sin perder ese vigor que le ha ido prestando esa escenografía darwinista e implacable que es el Valle del Panchoy.
Además de un centro difusor de ciencia, celo religioso y cultura, siempre en contacto con la universalidad, la ciudad fue un lugar idóneo para cultivar los ideales generosos y los hábitos más clásicos del alma, incluidos los principales lineamientos del arte. En contraste, su condición de núcleo institucional de primera magnitud no siempre fue benéfica. También propició intrigas superfluas y, en particular, acentuó el drama que supuso el trasplante de la capital a La Nueva Guatemala de Asunción, a causa del seísmo de 1773.
Con todo, la belleza de su arquitectura, preservada gracias a ese traslado capitalino, contribuye a relegar a un segundo plano las desdichas del pasado, y proporciona gratas emociones a cuantos acuden a visitar los rincones más atractivos y pintorescos de la ciudad. Aún pervive en ella el legado de Diego de Porres, quien fuera arquitecto mayor, y asimismo el de otros artistas que, al igual que aquél, rompieron la monotonía estilística con evidente beneficio para el buen efecto urbano. Gracias a todos ellos, provocando tantas y tan particulares emociones, la identidad antigüeña adquiere forma permanente en edificios como el Ayuntamiento, el Real Palacio o Palacio de los Capitales Generales, la Universidad de San Carlos, la catedral, las iglesias de San Francisco, La Merced y Santa Clara, la Ermita de Nuestra Señora de El Carmen, y el conjunto monumental del convento, colegio e Iglesia de la Compañía de Jesús.
Si el fuste de una población se valora en la medida en que supera los capítulos adversos de la historia, no hay duda de que en Antigua convergen los itinerarios de la gloria. Por tres veces hubo de ser fundada, resistió el abandono y superó una decadencia secular. Pero hay otro detalle que no debe descuidarse: sus gentes fueron capaces de adaptarse a la inestabilidad, seguras de la solidez de sus raíces. Como premio a ese tesón, la UNESCO declaró este admirable espacio Patrimonio Cultural de la Humanidad en 1979. Como si este título confirmase sus cualidades, Antigua se abre hoy al visitante llena de atractivo, armoniosa y dispuesta de un aire apropiado para su abolengo.