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La Antigua Guatemala

La Antigua y la literatura (1 de 5)

En ninguna obra de Miguel Ángel Asturias (1899-1974) es lo mítico tan importante como en sus Leyendas de Guatemala, muy mentadas en otros márgenes de esta muestra y forzosa referencia a la hora de discutir el perfil novelesco y poético de dicho país. Con la misma firma, el poema Claridad lunar enlaza ese mágico acervo con el devenir de la historia, manifiesto en las calles y plazas de la Antigua Guatemala: «Te eternizas, claridad lunar, / en las calles de Antigua, meditada / por los viejos aleros del solar / de Pedro de Betancur y más aseada / que el agua torcaz en el palomar / de los arroyos y como en Granada, / te eternizas, claridad lunar / en esta ciudad de agua destilada».

Necesariamente triunfa, en un ámbito semejante, esa visión literaria que acarrea aportes del pasado precolonial, por lo demás indispensables para trazar ciertos rasgos de las letras guatemaltecas y, por extensión, de las obras que dan referencia sobre Antigua y su avatar, Santiago, capital de la Colonia. Y puesto que la tradición prehispánica aún resurge en la literatura oral de los habitantes de Sacatepéquez, no está de más traer a colación otra pieza editada por Asturias en 1927: Los dioses, los héroes y los hombres de Guatemala Antigua o El libro del Consejo, Popol-Vuh de los indios quichés, cuya traducción firmaban el escritor y J. M. González Menéndez según la versión francesa de Georges Raynaud. Puestos a prestigiar pesquisas como la antedicha, cabe recordar el modo en que uno de los eruditos y polígrafos más notables en la cultura hispanohablante, Alfonso Reyes, elogió las muy felices formulaciones de la Poesía prehispánica.

Junto a este tipo de homenajes al acervo cultural indígena, la crónica suele ser considerada por los especialistas como la variedad literaria que mejor le cuadra a la multiforme realidad de Antigua. De acuerdo con esa preferencia, en 1987 el Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica daba a conocer una meticulosa colectánea llevada a término por David L. Jickling. Bajo el rótulo general La ciudad de Santiago de Guatemala por sus cronistas y viajeros, dicho estudioso recopiló un discreto número de escritos en torno a la capital, firmados por viajeros y cronistas que visitaron sus calles entre 1543 y 1773. Gracias a esa fuente, el curioso puede hacerse una idea de la bibliografía que establece una relación más precisa con esta ciudad. Abre el repertorio la Geografía y Descripción Universal de las Indias, compilada en 1574 por el cronista mayor y cosmógrafo Juan López de Velasco, cumpliendo así un deseo que formuló el propio Felipe II. De la serie de Documentos Inéditos para la Historia de España, conocida por su edición de 1872, cabe mencionar el perfil de Santiago descrito por su autor, Fray Alonso Ponce, quien fue Comisario General de los Franciscanos y pasó por allá en 1586. En la misma remesa, figura una obra elaborada en México por Juan de Pineda, juez contador de indios: Avisos de lo tocante a la provincia de Guatemala (1594).

Ni Jickling ni otros bibliógrafos y estudiosos del pasado guatemalteco —destaquemos entre nuestras fuentes a Miguel Ángel Castillo Oreja— pasan por alto a quien fue el primer historiador de Santiago, Antonio de Remesal. Fue en 1618 cuando este cronista dio a conocer su relato de la fundación de la capital en el Valle de Panchoy, incluido en las páginas de la Historia General de las Indias Occidentales y Particular de la Gobernación de Chiapa y Guatemala. Hacer justicia a las bellezas arquitectónicas que pronto adornaron sus calles fue el deseo de Antonio Vázquez de Espinoza, cuyo Compendio y Descripción de las Indias Occidentales incluye buena parte de las experiencias que el cronista vivió entre 1613 y 1621, cuando ejercía como misionero carmelita en Perú y la Nueva España. Dicho virreinato es asimismo el escenario que describe Thomas Gage en su Nueva relación, impresa en Inglaterra en 1648 y reeditada en ese país con el título A Survey of the Spanish West Indies (1702). Llevado por el recuerdo, Gage cuenta los pormenores del espacio antigüeño que habitó en 1626: el convento de los dominicos. Precisamente a esta orden perteneció Fray Antonio de Molina, quien supo del terremoto acaecido en 1651, y lo detalla con viveza y dramatismo en Memorias del M. R. P. Maestro Fray Antonio de Molina, escritas en 1677.

Confirmando las pervivencias de su estirpe —no en vano era descendiente de Bernal Díaz del Castillo—, Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán asume la esencia religiosa y universitaria de Santiago de Guatemala en Recordación de la Florida. Discurso historial, natural, material, militar y político del Reino de Goathemala (1690). Mucho más lejos llega Fray Francisco Ximénez (1666-1729), quien hizo propia la mitología prehispánica y la tejió sobre el programa cultural que llegó de España. La señal más temprana de ese propósito fue la traducción que hizo del Popol-Vuh en Santo Tomás de Chichicastenango. En paralelo, el libro séptimo de su Historia de la Provincia de San Vicente de Chiapa y Guatemala es una propuesta literaria ligada a su conocimiento de Santiago.

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