Entre el número de especies animales y vegetales que han podido requerir a los biólogos en Guatemala, figura en destacada posición toda una serie de criaturas en riesgo de extinguirse, muy representativa de las quiebras que no siempre supera la aparente perennidad de la vida en nuestro planeta. Desde el punto de vista de los mensajes proteccionistas, la belleza de seres como éstos, tan amenazados por las circunstancias, infunde un valor añadido a la promesa de viabilidad que los convenios internacionales, con una discutible viveza de reflejos, vienen formulando en torno a la naturaleza guatemalteca. La tilde, claro está, queda aquí puesta sobre el país tomado en su conjunto, incluso cuando acá nos dediquemos expresamente al entorno que más atañe a Antigua Guatemala, una ciudad célebre por sus rosas y orquídeas, chichicastes y chumberas. Quiérase o no, por reducido que éste quede a esta cartografía urbana, parece difícil poner diques a un prodigio como el de los doce ecosistemas que se diferencian dentro de las fronteras nacionales, y ello nos anima a establecer algunas premisas generales, que luego han de llevarnos a particularizar las cualidades específicas del área antigüeña.
Situada en la región neotropical, Guatemala cuenta con biotopos que asumen en toda su amplitud el resorte evolutivo, animado en este caso por el influjo alterno de dos océanos. Por poner un caso, no es tarea difícil que el lector imagine el contraste entre el cosmos verde de El Petén y los arrecifes coralinos de la franja caribeña. Tan grande es la urgencia de conservar esta exuberancia, que el Ministerio de Ambiente y Recursos Naturales suscita nuevos planes de protección cuyas reglas han de establecerse en cada marco local. Con este ánimo, un 28 % del territorio guatemalteco lo componen biotopos sometidos a protección institucional, monumentos culturales, parques nacionales, reservas de la biosfera, reservas municipales y reservas protegidas por entidades privadas. El detalle burocrático de ese plan queda establecido por la resolución AIC/O17-99 del Consejo Nacional de Áreas Protegidas (CONAP), mediante la cual se aprobó la Estrategia Nacional de Biodiversidad el 17 de agosto de 1999. Lo cierto es que para ese año las autoridades nacionales ya habían suscrito 46 tratados internacionales relativos a la custodia del patrimonio biológico. Reforzando ese cuerpo normativo, la Constitución de la República, en sus artículos 64, 97 y 119, describe diversas medidas para lograr el equilibrio y la protección de los recursos naturales guatemaltecos. Con idéntico afán, el CONAP publicó en 2000 cuatro documentos de gran importancia: una Lista de Especies Amenazadas de Flora y Fauna Silvestre de Guatemala, la Lista de Especies CITES para Guatemala, el Reglamento Sobre Centros de Rescate de Fauna Silvestre y el Reglamento sobre Granjas de Reproducción de Vida Silvestre. Todo ello configura una estrategia que, sin duda alguna, ya está dando sus frutos.
Por una sorprendente deriva del ciclo evolutivo, el paisaje local evidencia un ubérrimo temperamento. En dirección a este catálogo casi inagotable de especies, los naturalistas pueden anotar en sus cuadernos de campo las cualidades de seres que hallan en esta tierra un santuario. Tal es el caso de algunos de los quelonios más amenazados de nuestros mares, como la tortuga carey (Eretmochelys imbricata) y la tortuga parlama (Lepidochelys olivacea), que buscan en la costa arenas en las cuales hacer su puesta. Algo más allá, en pleno oleaje, cabe cruzarse con cetáceos igualmente escasos, como la ballena azul (Balaenoptera musculus), la ballena corcovada (Megaptera novaeangliae), el delfín moteado del Atlántico (Stenella frontalis), el cachalote pigmeo (Kogia breviceps) y el rorcual enano (Balaenoptera acutorostrata).
Tierra adentro, la indefinida voluptuosidad vegetal véanse plantas como el tempixque (Sideroylon Tempìxque), el canac (Chiranthodendron pentadactylon) y la llama de bosque (Spatodea campanulate) oculta otras joyas faunísticas. Con la seguridad señorial que les es propia, merodean por esta tierra cazadores tan eficientes como el jaguar (Panthera onca), el puma de Centroamérica (Puma concolor), el margay o gato de monte (Leopardus wiedii), el ocelote (LeopaRdus pardalis) y el yaguarundi o jaguarundí (Herpailurus yaguaroundi). De esta familia de felinos, diversos en tamaño y habilidades, conviene destacar el placer estético que procuran la contemplación de su pelaje y el efecto de sus calculados movimientos.