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La Antigua Guatemala

Celebraciones (1 de 4)

Llegado el momento de hablar sobre festejos y celebraciones, nada más adecuado que seguir a Johan Huizinga, en especial cuando éste pone de relieve que el carácter lúdico puede ser propio de la acción más sublime. Al decir del gran historiador holandés, cabría seguir hasta la acción cultural y afirmar que también el sacerdote sacrificador, al practicar su rito, sigue siendo un jugador.

«Si se admite para una sola religión, se admite para todas. Los conceptos de rito, magia, liturgia, sacramento y misterio entrarían, entonces, en el campo del concepto ‘juego’».

Johan Huizinga, Homo ludens, traducción de Eugenio Imaz, Alianza Editorial, Madrid, 2000, p. 34.

Así, una vez demarcado el espacio del juego, podemos ubicar su tiempo, y ningún periodo le cuadra mejor a Antigua que el barroco, tan rico en momentos celebrativos. De ello no hay duda: en las grandes manifestaciones lúdicas cabe una articulación de la ceremonia litúrgica y de las expansiones populares. Además, ya en el plano físico, aquéllas significan la ocupación espectacular de la calle, por usar una feliz expresión de José María Díez Borque. La estrecha conexión entre lo sagrado y lo profano cobra diversas formas en el perímetro antigüeño. Un espacio éste en el cual se da, por cierto, una colorista porfía entre ingredientes prehispánicos y coloniales.

Si se observa con atención el modo en que el aporte indígena se entrevera en la trama festiva, se verá que dicha conversación con el pasado es un hecho incontestable y enriquecedor. En cualquier forma que el viejo legado se perpetúa hay una actitud que reafirma la identidad del pueblo. De otro lado, sin caer en perspectivas museísticas, algunos festejos antigüeños poseen un contenido estético que permite evocar los años dorados de la Colonia, coincidentes con el auge barroco. Dice Díez Borque:

«Junto a las fiestas de calendario fijo (aunque algunas fueran móviles, incluido el propio Corpus) hubo en los Siglos de Oro (…) muchas fiestas ocasionales, de carácter civil y religioso, que, con características propias (…), especialmente en cuanto a la separación de participar y contemplar según la pirámide social, iban rompiendo también el calendario del tiempo ordinario con los regocijos del extraordinario».

Díez Borque, «Fiesta sacramental barroca de El gran mercado del mundo de don Pedro Calderón de la Barca», Fiesta barroca, Compañía Nacional de Teatro Clásico, Ministerio de Cultura, s.f., p. 26.

En el aspecto aquí tratado es oportuno poner de manifiesto que la literatura idealiza el juego y coaliga sus evoluciones. Con ella y gracias a ella, volvemos a internarnos en un pasado previo a 1773, a la vez luminoso y solemne. Así como los monumentos en ruinas conservan las trazas de la primitiva hermosura, ciertas celebraciones revelan similitudes con una horma festiva que sólo cabe recrear mediante un arranque lírico. Basta a veces un salto del sentido para evocar el cortejo. Escribe Miguel Ángel Asturias:

«Luego, fiestas reales celebradas en geniales días, y festivas pompas. Las señoras, en sillas de altos espaldares, se dejan saludar por caballeros de bigote petulante y traje de negro y plata. Esta une al pie breve la mirada lánguida. Aquélla tiene los cabellos de seda. Un perfume desmaya el aliento de la que ahora conversa con un señor de la Audiencia. La noche penetra… penetra… El obispo se retira, seguido de los bedeles. (…) La música es suave, bullente, y la danza triste a compás de tres por cuatro».

Miguel Ángel Asturias, Leyendas de Guatemala, Alianza Editorial, Madrid, 1981, p. 16.

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